Las Provincias

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El arte de la empatía
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César Campoy | 26-03-2015 | 11:17

Amante del detalle y la humanización del proceso de grabación, Carlos Soler es uno de nuestros productores más brillantes. Con el también líder y alma máter de Damien Lott iniciamos una serie de encuentros con músicos mezcladores valencianos

 

Considerada una de las mentes con más recursos e imaginación de nuestra música, Carlos demostró su pasión por la psicodelia y el agradable manierismo con la ensoñadora interpretación de aquel Erase and Fall de sus Damien Lott. En todos estos años, además, ha puesto su variada visión del concepto de producción en manos de diversos artistas. Demasiada hiperactividad para reservarla, únicamente, para uno mismo: «A raíz de sacar mi disco, grupos a mi alrededor se interesaron en que trabajase en su música. Luego empecé a grabar de continuo en Blackout [con el también incansable Paco Morillas formó tándem durante una buena temporada] y a producir a tiempo completo. Que alguien confíe en mí algo tan íntimo como su música me parece una gran responsabilidad, así que intento estar a la altura y me lo tomo como si me fuese la vida en ello», asegura un Soler que ha compartido estudio con referencias tan variadas como Moonflower, Reno y Manolo Tarancón, Polonio, Scorsese, Capaje, Soledad Vélez… «Y hace unos meses trabajé en Aromas de Guitarra, un disco cuádruple de guitarra clásica y flamenca grabado en uno de los lugares con más reverb de la Comunitat: el último piso de la torre medieval de Benavites. Una experiencia casi mística. Estoy también con el trabajo de un artista llamado Sáez; algo muy especial e íntimo. Empezamos a guitarra y voz mano a mano, y ha acabado en una producción muy cuidada de casi dos años, con coproducción de lujo, con Guillermo Sanz y Pau Paredes».

 

Serenidad. Soler emana buenas vibraciones.

Orgulloso del momento que vive la música valenciana («nunca había habido tanta oferta de productores locales con nombre y apellidos haciendo trabajos de calidad»), Carlos es una de esas mentes a las que las bandas con las que trabaja suelen colmar de loas. Su manera de afrontar la producción suele ser tan respetada, que no nos queda otra que preguntarle sobre su técnica: ¿El productor debe dirigir por completo el proyecto en el que se embarca, y el artista debe delegar en él, o ha de ponerse al completo servicio de dicho artista? «Hay que ver en qué punto el músico te necesita e ir a muerte a por ello. El concepto de discográfica contratando a un productor dictador para mí es más bien cosa del pasado. La labor más importante está en dirigir el plano humano. Parece una obviedad, pero para hacer música has de estar a gusto y confiado. Tienes que ganarte la confianza del músico, integrarte en su metro cuadrado y que no esté pendiente de ti, ni dudando de sí mismo, ni pendiente de la cosa técnica; se trata de la canción, y de lograr que lo que el músico sentía al hacerla llegue al oyente sin interferencias», sentencia seguro.

 

 

Sumergido en una dulce obsesión por la música, Soler asegura tener presentes, prácticamente casi todas las producciones que ha llevado a cabo: «Este oficio es una carrera de fondo, y en cada disco sin excepción aprendes cosas que te sirven para el siguiente. Es una búsqueda eterna. A veces es cuestión de cambiar de aparatos y otras consigues la reacción que buscabas sólo cambiando la luz de la sala. Y, así, de cada experiencia llegas a conclusiones que incorporas o descartas para el siguiente trabajo». Mientras ultima la edición de la nueva referencia de Damien Lott, eso sí, esa pasión por los sonidos le ha llevado a compartir escenario con algunos músicos de la tierra («cuando paso mucho tiempo sin tocar me siento 15 años mayor»), aunque en breve volveremos a verle protagonizar su propia película de nuevo: «Estoy ahora mismo grabando un disco que tendré terminado a finales de marzo. Serán 12 temas íntegramente en castellano, quizá en la línea más luminosa del primero. En realidad desde hace unos meses he puesto en pausa mi trabajo en el estudio para volcarme en Damien Lott. Necesitaba parar, y girar mi vida entorno al disco hasta vaciarme, como hice en el primero, y después, por qué no, ir a muerte».

 

Tres producciones históricas… por Carlos Soler

 

The Beach Boys

Pet Sounds (Capitol, 1966)

«Es una barbaridad. Tanto composición como producción están a un nivel abrumador, en God Only Knows la melodía vocal por sí sola ya es una montaña rusa, pero es que el arreglo… En 15 segundos desfilan clavicordio, trompas, riff de cocos, bajo memorable y cascabeles de navidad. Sigue siendo original en 2015».

 

Kate Bush

Hounds of Love (EMI, 1985)

«Es una de esas producciones con magia. Notas como la afinación oscila en todo el disco debido a la cinta, y, por ejemplo, Cloudbusting es un arreglo de cuerdas, con banjo, congas y caja de ritmos de la época; y encima de todo, una interpretación vocal muy íntima. Una combinación de elementos a priori absurda que por algún motivo me remueve y hace sentir cosas».

 

Elliott Smith

Either/Or (Kill Rock Stars, 1997)

«Es una producción muy muy austera, parece que la mitad de las cosas que se oyen están a medio grabar, y suena más bien tirando a mal, pero es exactamente lo que las canciones necesitan. Tiene una carga emotiva muy bestia. Es fácil imaginarse esa carga yéndose al garete con otra producción más correcta».

 

 

Los discos de la semana

 

Retraseres

Grandes éxitos Vol. III (Malicia-Mongolic-Mascarpone-D. de Perfil-D. Telomiro-D. Regresivos)

Aquel Cocktail de Gambas anunció la que se nos podía venir encima si alguien decidía editarles un larga duración. Finalmente, candidatos ha habido, y de sobra, y los encargados de la publicación han sido varios.

El resultado, como era de prever, no es otro que una avalancha de despiporre absoluto, de manos de una de las formaciones más irreverentes y canallas de nuestra escena. Catorce temas escupidos en menos de media hora, guiños a referentes, homenajes al tranvía de Benimaclet, letras que reparten a diestro y siniestro, una chillona portada sin desperdicio (obra de Jorge Parras), y, en definitiva, punk, mucho punk, para un trabajo desvergonzado y gamberro a más no poder.

Además, la criatura está disponible, también, en musi-casete, a través de las gentes de Mascarpone, especializadas en el formato. De hecho, acaban de lanzar la cinta Clot Valencia, a partir del concierto que el canadiense Eric Chenaux ofreció en octubre de 2008 en el instituto valenciano.

 

Testarosa

LaMarina (Autoeditado, 2015)

Producido en connivencia con Luis Martínez en los Little Canyon Studios, marca el estreno del trío integrado por Álvaro, Álex y Gerard (Sancristóbal, You Not Me, The Soda Club, Siberian Wolves…), a base de referencias homenajeadas sin ningún tipo de rubor.

En este caso, la pasión de Testarosa por Weezer y, por consiguiente, por el colchón guitarrero constante, es evidente en todos y cada uno de los cuatro temas de LaMarina. De lo más contemplativo (Cowboy de ciudad), a lo menos contenido (Sábado), letras de lo más desenfadadas y riffs agradecidos dispuestos para la fácil digestión.

Sobre el autor César Campoy
Curioso por naturaleza. Más de media vida escribiendo.

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