El camello se pinchó/ Con un cardo en el camino
Y el mecánico Melchor/ Le dio vino
‘El Camello Cojito’. Gloria Fuertes
Son coincidencias de la vida pero precisamente sonó el teléfono cuando estaba atontolinado rememorando esas ostras que me tienen enganchado (¿serán adictivas, Miguel?), el sabor extremo de aquel arroz (¿le echáis un pizca de magia, José?) y añorando aquella tarta de queso –hay que decirlo claro- impresionante de la gran jefa de la banda (mis respetos doña Ana). Tres veces dejé sonar el teléfono. Tres veces para evitar que se esfumaran de mi cabeza estas tres imágenes. Pero al final…
“Sí, dígame…”, contesté algo aturdido a las insistentes llamadas. “¿Míster Cooking? Muy buenas, soy el Rey Gaspar”, me dijo una voz algo ronca y seca al otro lado del móvil. Una voz extraña que sólo podía esconder a un mago. Y la verdad es que me dejó petrificado. Mucho más cuando me contó el motivo de su llamada. “Que hemos pensado que nos vamos a comer contigo, tenemos el trabajo muy adelantado y necesitamos recuperar fuerzas. ¡Los años no perdonan!”, me dijo su alteza antes de soltar una contundente risotada.
Sin darme opción a mediar palabra, me colgó. “Pero, ¿cuándo?”, intenté preguntar. No tuve respuesta. Mi cabeza entró en embullición: “¿Dónde los llevo? ¿Al Riff? Mejor me los subo al restaurante de los Andrés. Vertical tiene una vistas impresionantes. ¿Les gustará?”, dudé. Y mucho. Aunque pronto empecé a recibir señales…
Cada vez más contundentes…
Alguien o algo me estaba marcando el camino….
El destino parecía que estaba escrito…
La ventana de casa se abrió de par en par, la puerta salió disparada por los aires y una tempestad de polvo de estrellas tomó mi casa. “Muy buenas, Cooking”, me espetó un señor de barbas pelirrojas y largas capas cubiertas de Armiño que se presentó como Gaspar. “Ya estamos aquí, soy Melchor”, me dijo otro de ellos estrechándome la mano. Tres hombres que parecían haber recorrido el túnel del tiempo se plantaron ante mí y me miraban atentamente. “¿Nos vamos ya a comer? Tengo mucha hambre”, me dijo el rey negro. A mí, los ojos se me salían. Había vivido cosas insólitas.Ésta quizás superaba todo lo anterior….
…Como si estuviera en un video de ‘Of Monsters and men’. Como si viviera cosas extraordinarias….
…Veía Reyes. Veía Magos
“Por favor Cooking, ya somos mayores, yo especialmente. No me lleves a sitios de estos en los que te convierten una sepia a la plancha en una sopa fría… ¡que te leo! Algo tradicional mejor”, me inquirió Melchor. Me sentó algo mal. Estaba en desacuerdo sobre lo que es y lo que no es tradición… “¿qué sabrán estos monarcas trasnochados?”, mascullé. “Algo familiar. Discreto. No estamos para grandes algarabías”, dijo Gaspar, ante la mirada atónita de Baltasar que pronto apuntilló: “Yo tengo hambre, no pequemos de discretos, hay que disfrutar. Hemos trabajado duro…Algún sito espectacular de esos que te gustan a ti, Cooking”.
Discreción, tradición, muy familiar, pero que sea espectacular… donde Baltasar pueda comer sin freno, Gaspar mantener la línea y Melchor evitar que se le dispare la tensión. Respiré hondo, miré al cielo en busca de respuesta y les dije: “La Estrella nos guiará…” Y así fue. Las señales que había recibido se iban a confirmar.
Cogí mi globo aerostático y partí con sus altezas hasta un lugar donde habita la magia. Una especie de epicentro de la gastronomía valenciana. Pura tradición y conglomerado de buena gente entregada a la cocina. La estrella de Oriente se posó en un lugar llamado Rausell. Y a mí me cayó una lagrimita de la emoción…
…Siempre me gustaron las barras, porque en ellas se escriben las mejores historias.
Lo que luego aconteció me dispongo a contártelo, sabiendo que te voy a hacer sufrir. A hacerte salivar como un loco o loca. Esto que te voy a narrar fue el mejor regalo que el superagente Cooking podía recibir: Degustar la esencia de los Rausell. De sus productos, de sus elaboraciones, de su equipo y de su familia. Su familia lo es todo. Lo ha sido siempre. La de sangre y la unida por aquella barra. Todos en ella cuentan para hacer posible el milagro de una casa de comidas que es puro latido. Pura vida.
El padre de los Rausell, don José, entre Miguel (a la derecha) y José (a la izquierda). Emociona sólo verles ¿verdad? Su padre falleció hace más bien poco. Siempre parece ayer. Hay añoranza.
“Estando aquí, no podíamos ir a otro sitio contigo”, me dijo Melchor. Más tarde me confesó que había frecuentado esa barra en muchas ocasiones y me recordó que él ya conocía el Rausell que se puso en marcha en el barrio de Arrancapins hace más de medio siglo. “El tío Quico montó la casa de comidas allí a donde reinaba la huerta, para sus sobrinos; Creo que eran los años cincuenta”, me confesó. “Me escapaba con los pajes tras la cabalgata y tomábamos embutidos, olivas y buenos vinos…”. Gaspar se me acercó por detrás y me dijo que al bueno del Melchor siempre le ha gustado mimar el paladar: “No lo dice, pero le gusta comer bien“.
Nos pusimos en la barra. “Dicen los que saben de esto que es la mejor de Valencia…”, les expliqué. Por decirles algo, claro. Ellos, en verdad, se dedicaban a recorrer con su mirada el producto excepcional que lucía –como siempre- el extraordinario escaparate del restaurante: gambas que olían al mar de Dénia, almejas de carril que aplaudían a la clientela, navajas, pulpo…. y la plancha con Jesús al frente que no paraba de bailar. “Andrés, ¿qué nos pones hoy?“, preguntaban los clientes. Miguel cortaba jamón…
Baltasar se apresuró en pedir: “Unas bravas, aún recuerdo tu post hablando de ellas querido Cooking”. Gaspar le siguió: “Y unas tellinas, que me encantan. Podríamos decir que estoy enamorado de ellas”. Y para no ser menos, Melchor remató: “Calamares, queremos calamares… Para una vez que aterrizamos en la Tierra no me voy a volver sin comer un plato de calamares”. Y así ocurrió. Miguel tomó nota. Dentro, en la cocina, José con su equipo se pusieron manos a la obra. Y entonces llegaron ellos. Tres tapas como tres reyes. Los reyes de la barra:
(Lo que tenía que decir de las bravas ya lo hice en su momento, en el post: Cibertataque de bravas. No hay quien se resista a ellas. Si vas al Rausell, aunque luego te entretengas con otras delicias -Palabras Mayores-, las bravas hay que probarlas sí o sí).
(Es un clásico. Delicia de los duendecillos. Comerse una buena ración es simplemente una genialidad. Pero tampoco puedo añadir mucho más. Es que las tellinas son eso. Bocaditos de gloria. En casa de los Rausell, todavía más).
(Y ya estamos ante otro clásico. El calamar que sirve El Rausell es también sinónimo de producto, pero es que la tapa está hecha a la perfección. Nada de aceite, la fritura de un crujiente envidiable, la presentación limpia… Vaya, que te puedes comer tres platos y no te das cuenta. Tendremos que hacer algún día algo de calamares…).
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(Seguimos….)
“¡Por todos los Reyes de Oriente, estos calamares están de cine!”, exclamó Melchor. Estaba emocionado. Él y el resto. Tanto que pronto desaparecieron los tres platos. Fue entonces cuando se hizo el silencio. Se miraron, miraron a Miguel y a José, y moviendo sus manos como quien se dispone a hacer algo increíble, los trasformaron en tres nuevos manjares de una calidad y sabor extraordinario.
A esas alturas, la emoción estaba ya desatada…
Llegó el momento del colofón. El punto culminante del festival. “¿No queréis un arroz?”, les preguntó Miguel, el grande. (Su hermano José estaba en la cocina con buena parte del equipo del local. Son una veintena. En Navidad no dan abasto). “Con conejo”, exclamó Baltasar. “Con setas”, pidió Gaspar. “Alcachofas, que lleve alcachofas”, remarcó Melchor. Y en la cocina de Rausell se inició la alquimia. Y de aquel arroz salió algo sencillamente extraordinadinario que parecía seguir las pautas de la que es hoy por hoy la jefa de la banda. La madre de Miguel y José. Ana, de las manos de oro.
Las tres coronas a esta comida, que empezó en la barra y acabó en su confortable comedor, la pusieron una trilogía de postres: un flan casero, un pastel de chocolate (varios postres se los suministra el pastelero Paco Roig) y el increíble pastel de queso que firma doña Ana, que es de esas tartas que te conquistan el corazón.
Mis tres invitados se volcaron en ello. Nunca pensé que los Magos fueran tan golosos. Aunque en este caso estaba justificado. No me dio tiempo ni hacer la fotografía. Mientras ellos acababan con los pasteles, yo pensaba en lo vivido. Estaba bastante entusiasmado. El Rausell es como esos lugares que, cuanto más vas, más te gustan. Un lugar al que hay que ir simplemente para disfrutar.
Allí, en el Rausell tuve la impresión de estar en casa, en la familia. Y a los que vivimos eso con pasión, la buena comida y la familia, esas impresiones nos encantan. Pero esos niveles de bienestar sólo lo pueden transmitir gente que tiene ese don. Gente como los Rausell. Capaces de indultar un rodaballo salvaje porque todavía respira. Capaces de ponerte la alfombra roja al verte entrar por el simple hecho de creer de lleno en la gastronomía. De amar la gastronomía de esta tierra.
El Rausell es un lugar donde manda el producto trabajado con el máximo respeto y con total humildad. Un lugar donde no valen las medias tintas. Donde la anchoa es un homenaje a la anchoa; la cocción de sus mariscos y su calidad, un homenaje a la vida; el arroz, un elogio a la felicidad… Es una oda a la gastronomía sin trampantojos ni falsas poesías.
Ellos son los culpables:
Entenderás que, con tanta verborrea y levitación, este hermoso sueño lleno de magias y sinceridades se fue esfumando. Mi imaginación se disparaba, la estrella de oriente pasaba y mi digestión de felicidad rauselliana se prolongaba… Y no, lo siento. No sé como sucedió pero los magos desaparecieron sin que yo me diera cuenta… O quizá nunca sucedió. No sé. Yo vi Reyes. Vi Magos.
Hasta diría que lo leí por algún sitio….
LA FACTURA
Creo que esto lo vamos a solventar en un gracias muy sincero. Por encima de todo, por algo muy sencillo: la amabilidad, la ternura y la complicidad que Rausell tiene con sus clientes. No me cabe ninguna duda. El Rausell es una suerte para Valencia. Y para quienes los conocemos.
GRACIAS...
…Este brindis de Macaco va por vosotros, familia.
P.D. Y dentro del aparatado de gracias, de nuevo a mi hermano Ignacio, por prestarme esta obra de los Reyes Magos para mi post.
Ellos son el alma de esta historia. Con ellos os dejo. Felices sueños. Seguiremos…