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Jesús Trelis

Historias con Delantal

LA CENA DE LOS SUEÑOS

Lo que allí pasó, no te lo voy a contar

…pero SÍ, lo que a mí me paso. El superagente Cooking metido en un sueño.

Un sueño de verdad.

Punto de partida: Restaurante Vertical.
La cita a investigar: La Cena de los Sentidos.
El resultado: Un viaje a los sueños.

 

Seguir a míster Cooking: @JesusTrelis

A veces la oscuridad es la luz. Diría más: la esencia de la luz está en ella. En la OSCURIDAD. Una noche de verano llamó a mi puerta. Y en mitad de un cielo lleno estrellas y recuerdos, me ofreció sus manos. Sutiles, ingrávidas, invisibles. Acercándome sus labios rosados, blancos, transparentes… me dijo: “Vente conmigo, vente a cenar”. Me dio cierto tembleque. Demasiado misterioso todo… Pero a una cena yo nunca digo no. Así somos los Cooking. Y flotando me metí en el viaje. Ella me agarró fuerte: “Cierra los ojos, cierra los ojos… Cierra los ojos“, exclamó más allá de las nubes. Cosí mis párpados con hilo de seda –seda de sueños- y me dispuse a entregarme en cuerpo y alma a la Dama de la Oscuridad.

A la cena de los Sentidos.

Ante una mesa inexistente y en medio del vacío, una tormenta de letras fue escribiendo mi destino. Una sopa de letras danzantes iba a abrirme las puertas a este viaje que empecé como una pasión gastronómica y acabé como una reflexión filosófica. Gastrosofía en estado puro. Porque los sueños, también necesitan alimentarse.

La sopa de letras empezó a danzar. La D, la E, La V…. DEVORA. La M, la U, la E… MUERDEMASCA, COME, ENGULLE, MASTICA… Las constelaciones de mi universo dibujaron una cuchara, un tenedor… y a su alrededor… la magia.

Abrí entonces la ventana de mi cabeza, desplegué una escalera, trepé por ella hasta el cielo, me senté en uno de los costados de una nube y me dejé llevar por las sensaciones. Un suspiro suave recorrió mi columna vertebral provocando un escalofrío.  Mis manos sudaban. El miedo a lo desconocido. La Dama de la Oscuridad me acercó sus labios de nuevo a mi oido. Ella, invisible pero presente. Me dijo que bebiera y, de pronto, por mi boca empezó a correr un manantial de sabores frescos, eléctricos, dulcemente ácidos, avinagrados, hechizados…Un brebaje para liberar tensiones y pensamientos fosilizados.  El brebaje de las libertades. Tomates verdes, verdes, verdes…

gazpacho de fantasías. Un revulsivo para la mente que, de pronto, caía entusiasmada en sus garras. Las de la Dama de la Oscuridad. Un torrente de sensaciones que ya nunca iba a parar. La cena de los Sentidos había empezado. Yo volaba.

Un profundo olor a pan recién hecho tomó el universo. Mi nube olía a pan de verdad. A pan eterno. (Ni Jesús Machí… ¿o quizás era pan de Jesús Machí? :-)) El aroma me trasladó al viejo horno de pan al que que iba a comprar cada mañana cuando apenas medía metro y medio. A eso de las ocho de la mañana. Seis, siete barras… que éramos muchos. Olía a maíz, a masa madre, a leña, a humo… Palpé por la mesa invisible en busca de pan “¡¿huevos?!” -en el más amplio sentido de la palabra. Un huevo resplandecía en mitad de la oscuridad desafiando a los sentidos y marcándome el camino. Junto a él…  pan-pan que sabía a leña. Huevo que sabía a yema. Clara cocida, pan y huevo entre mis dedos. Danzando con mi imaginación. Llevándome a otro tiempo. Desnudándome ante ellos. Como un pequeño salvaje que devora para subsistir con sus dedos la presa del día. El hombre en los orígenes. El hombre que busca el fuego, que trasforma los alimentos y descubre con él…. eso que llaman cocina. EL INICIO DE TODO. El huevo y el pan de Machí.

Me sentí desnudo, despojado de todo lo superficial. Como impresionado por descubrir  las cosas. La dama de la Oscuridad me abrazó y me besó y me acarició como si fuera un niño salvaje al que encontró en mitad de la estepa de los recuerdos. Entonces, una esfera (que parecía una aceituna de anchoa imaginada) estalló en mi boca y, tras ella, un bocado que escondía el sol, su energía, el sabor de la tierra y la tradición (tomates secos). Y me vi entre olivos y tomateras, recorriendo huertas y campos, mientras alguien -como una legión de ángeles que se habían fugado de Saint Chapelle- me canturreaba las canciones de mi pasado. Subido en mitad de la nube. Sólo. Entonces, sin que nadie pudiera escuchar mi canto, me puse a recitar a pulmón abierto:

Érase de un marinero que quiso tener un jardín junto al mar y se metió a marinero… Y estaba el jardín en flor y el marinero se fue, por esos mares de Dios”. (Machado dixit. Parabola)

Vuela, vuela”, me gritaba la dama de la oscuridad. Sobre mi boca, llovía caldo de calamar. O eso creo yo.

Por la retaguardia, como jinetes en mitad de la noche, los aromas tomaron mi castillo en la nube. Olí a lejía, como cuando mi madre limpiaba mis pantalones de tergal maltratados. A casa limpia. Y a las sábanas recién descolgadas del tendedero. Y me vino a la memoria el perfume de la leche con cacao. Cola Cao. Y escuché cantar aquela cancioncilla que se colaba por mi mente ante una televisión en blanco y negro que era el epicentro de los grandes momentos. Escuche al negrito del África Tropical cantar y mi mente viajera se fue, de nuevo, por esos valles de Dios.

 

El perfume a Cola Cao me llevó a las galletas con chocolate Schuchard que me daba una vecina cuando le hacía la visita a la hora de merendar. Que no era pura cortesía, más bien ganas de jalar. Y olí a nostalgia. Y a nocilla… y sentí en mis rodillas las heridas de la última partida de canicas. Y me puse a hablar con Pipi Calzaslargas, y corrí como Heidi y Pedro por una montaña imaginaria y mis puños salieron de mis brazos disparatados por ese horizonte extraño de sensaciones sin rumbo ni destino. Sin más.Serás niño, serás pirata y capitán, serás mosquetero y con Tintín conquistarás el Tíbet, las pirámides y todo el más allá“, me susurró la nada.

Con mis ojos cerrados volé. Un trozo de merluza a la romana, el plato que en mi infancia más amaba. Un trozo de pollo rebozado, chispeante e inquietante. Ese que siempre me acompañaba. “Puños fuera”, grité. “Puños fuera”, insistí. Nadie me escuchaba. Estaba solo en mitad de la nube y ante una supuesta noche estrellada. En las alturas. Allí, en la cima. (En el Restaurante Vertical, para más señas y más pistas).

La dama de la oscuridad me rescató del sueño. “¿Bailas?”, me preguntó. La música empezó a estallar y entre mordiscos indescriptibles la fiesta se desencadenó. Y no sé muy bien cómo ni cuando, pero me observé metido en un gentío carnavalesco, rodeado de amigos, de mis amigos. Y aplaudí con rabia como quien canta feliz una canción de esas que la sangre altera. Fuerte, fuerte, fuerte… Salto, otro salto, otro…

Agotado de tanta excitación, abracé entre un do re mi, mi historia de amor. Mi presente y mi verdad. Y bailé un tango, quizás un vals… Un dos tres, un dos trescomo en la canción de Joan Manuel Serrat– todo daba igual. Y entre silencios repentinos sonó un fado. El Fado. Ni mi alma, ni mis recuerdos, pudieron más. Me puse a llorar. (Espía melindroso, superagente entregado, desarmado…). Sonó el fado más hermoso que jamás pudiste escuchar y todo fue nostalgias y sensualidad y emociones y pasiones.

Un beso en los labios. Sentí un beso. O quizás no fue nada. O sí. De pronto. Gritos. Una amenaza. Un cuadro inquietante de William Turner que me remueve el cuerpo. Vapor, movimiento. Francis Bacon deformando mi existencia. Pollock desintegrándome. La noche rota. Como la cuartilla de un menú cuando se rasga. Era -de nuevo no sabría decir cómo llegué hasta ahí- un caballo cabalgando por la oscuridad.

Toma, come”, me dijo la dama de la Oscuridad con una voz ciertamente desconcertante y entregándome un cofre incadescente. Un cofre que quemaba, una cerradura que salta, los aromas de su interior que estallan. “¡Parmentier”, intuí.  Toqué en su interior y, entre los dedos sentí mis últimos sueños despedazados. Mis nostalgias y mi pasado hechos trizas, fibra, filamentos embadurnados que fueron llegando hasta mi boca convirtiéndome en un monstruo entregado a la Cena de los Sentidos. Sentí que ella me miraba y yo…

“Rabo de toro”, me dijo la dama. “Mis fantasías trituradas”, le contesté. Las sensaciones se fueron calmando. Y lo que después aconteció fue como salir a remar al lago en mitad de una noche tranquila. Serena. Un final tan dulce como un sorbo de melón o un perfume de tarta de queso y esperanzas. Y allí, en esa barca que era nube y que en realidad era fantasía, vi mi futuro. Entregado de lleno a defender la esencia de lo que somos. Origen, raíces, pasado, presente, gusto, aromas, sabores, canciones, amigos, amores, viajes, sueños, fantasías… Allí, ante el universo, descubrí el reflejo de la vida.

Seguir a míster Cooking: @JesusTrelis

FIRMA:

Un espía del País de la Gastrosofía entregado a la causa:

La Gastronomía.

Julio de 2014.
 
La Cena de los Sentidos
 
Restaurante Vertical.


 

 

 

Cuentos con patatas, recetas al tutún y otras gastrosofías

Sobre el autor

Soy un contador de historias. Un cocinero de palabras que vengo a cocer pasiones, aliñar emociones y desvelarte los secretos de los magos de nuestra cocina. Bajo la piel del superagente Cooking, un espía atolondrado y afincado en el País de las Gastrosofías, te invito a subirte a este delantal para sobrevolar fábulas culinarias y descubrir que la esencia de los días se esconde en la sal de la vida.


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