DIARIO DE UN CHICHARRA TRAGONA
CAP1.- ARROCES DE LUJO, TACOS Y ASTRONAUTAS CAP2.– JOSEAN ALIJA, EL CAZADOR DE ALMAS CAP3.-AZURMENDI QUE ESTÁS EN LOS CIELOS CAP4.- UN VERANO EN LA MESA Cuando salgas en el viaje, hacia Ítaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, lleno de experiencias
Ítaca, Constantino Cavafis
Vente. Vente con mi cuadrilla de espías, faranduleros de copas llenas y catadores de vinos que esconden poesías. Vente con mis compañeros de plato y servilleta que escriben sobre el mantel pactos de sangre que, como los sueños, se desvanecen cuando rompe el día. Vente a gritar verdades alrededor de una mesa y a desterrar juntos sentimientos muertos que empobrecen nuestra existencia. Vente que, ya lo dice el poeta, las gaviotas esperan…
Las gaviotas esperan
canciones de borrachos en el puerto.
Historias compartidas, el olor de los cuerpos,
el faro melancólico de una noche difícil
porque tuvo argumento.
‘Canción Búsqueda’, Luis García Montero
Te serviré sobre una mesa sin horizonte, eterna, los mejores pinchos del Nervión, una fideuà negra de un tal Senyor Parellada, un arroz de La Cova que es pura pasión. Te serviré, si tú quieres, hasta un vino que sólo existe en la memoria sepultada. El vino que saborearon los íberos y que resucitó el día en el que una mano amiga desenterró una antigua vasija entre la tierra dormida.
Un antigua vasija. Beles. Manteles. Mesas.
VIDA
Vente. Siéntate aquí conmigo que vas a disfrutar con mis amigos de siempre, que siempre están; con mis nuevos amigos, que de pronto salieron de un tarta de mazapán; con los amigos que me encontré por el camino, tomando tapas en cualquier bar; con los amigos que brotaron de un tuit y ahora comparten contigo, desde la distancia, un queso azul y un trozo de pan. Vente que te voy a presentar hasta a mi amigo del alma. Ese que, cuando el hielo de los días congela nuestro cantar, me abruma la soledad.
Vente a ver las estrellas ahora que el cielo las lloraContaremos historias, compartiremos vivencias, devoraremos melancolías y hasta nos lamentaremos, entre anchoas rebozadas y guindillas, por los tiempos perdidos que nunca volverán y por los instantes compartidos que siempre nos salvarán. Vente, nos espera la mesa. La mesa de las mesas. La mesa sin fin.
I. EL VINO DE BELES
Inicios de agosto. Una mesa con vistas. Una mesa apuntalada con versos de Cavafis. Atornillada con sorbos de vida y tertulias infinitas. Allí me reencontré con un (con mi) amigo del alma. Un tipo de estos a los que uní mi destino hace ya un contundente puñado de años. En esa mesa de la que te hablo, me contó la historia de Beles, al que mi colega –arqueólogo y diría que sabio (si siempre soy hiperbólico, cómo no serlo en este caso)- descubrió cuando encontró su nombre inscrito en una tinaja de vino tras desenterrarla en un poblado ibérico por algún punto de La Mariola.
Me expusó una de sus teorías, que siempre son espuela para mis fantasías. Tras aquella inscripción estaba el alma de un señor llamado Beles, que vivió en ese poblado íbero sobre el año 70 antes de Cristo. Y a juzgar por lo que me explicó, ese tal Beles era todo un potentado amante de la buena mesa. (Si es que eso de la mesa ya se cultivaba en aquella época).
Lo demuestra una especie de almacén con un buen puñado de preciadas vasijas repletas de vinos romanos que localizaron entre los restos enterrados de un poblado íbero. Un lujo extraordinario que, posiblemente, Beles compartía con su gente para mantenerlos contentos. O al menos, a mí así me gusta imaginarlo. Un lujo, en cualquier caso, que ahora, mientras mi amigo me lo contaba, revivíamos compartiendo un vino blanco de la tierra en la que nos reencontrábamos. (Un Albir mágico, un blanco que te habla de viñedos mimados, de gente entregada, de ilusiones. Un vino de El Celler de la Muntanya de los que alegra las ánimas).
Desde el día en que mi amigo me narró la historia de Beles, mis pensamientos no han cesado de volar. Me emociona fantasear sobre cómo le traían el preciado vino desde los lugares más recónditos de Italia. Imaginar a los machos subiendo la montaña con las vasijas romanas hasta la casa del guardián de las tinajas.
De hecho, llevo días imaginándome a los tres sentados en una mesa: a mi colega casi hermano, a Beles y a este espía divagando sobre las bondades del vino y lo que ha supuesto para esta civilización. Y recordando que mi amigo me explicaría que la Biblia ya se hacía eco de la importancia del vino y que ya corría alegre por la mismísima Babilonia. Y, posiblemente, yo recordaría que Apicio ya se hacía eco de uno mosto hecho a base de dátiles, higos y granadas. Y Beles nos serviría su preciado caldo, mientras nos contaba que, desde la época de los poemas homéricos (esto se lo he leído a Jean-François Revel), la viticultura era un arte que distingue al pueblo civilizado del bárbaro.
Posiblemente, conociendo a mi compañero e intuyendo lo amante de la buena vida que era Beles, nuestra mesa se iría llenando de colegas. De amigos. De buena gente. Bagarok, Balkar, Garokan… cazadores, brujos o comerciantes del lugar se sumarían a nuestra fiesta invitados por ese potentado llamado Beles. Y nosotros ampliaríamos la mesa a nuestros amigos de alma. Y entre unos y otros, vaciaríamos las tinajas, siempre siguiendo los consejos de Jenofonte:
“(…) me parece que con el cuerpo humano ocurre como con las plantas. Si la providencia la riega demasiado, no pueden enderezarse y dejarse acariciar por el viento, pero cuando sólo beben lo que necesitan, crecen rectas, florecen y echan frutos. Lo mismo ocurre con nosotros (…) Si los sirvientes nos ofrecen en pequeñas copas una lluvia tenue y frecuente (…), no llegaremos a emborracharnos, y su dulce persuasión nos alegrará el alma”. (Extraído de ‘Un festín en palabras’ Ed. Tusquets)
II. LA MESA SIN LÍMITES
Llenaríamos nuestra mesa de buena gente. Una mesa sin horizontes en la que el reloj deja de ser -como decía el maestro Julio Cortázar– ‘un calabozo en el aire’. Y haríamos que por ella pasara todo lo que nuestra vida nos ofrece: batallitas cotidianas, fantasías, esperanzas y planes para seguir vivos. En mi caso, la llenaría de mis últimas andanzas culinarias. (Que para algo soy un espía con delanta). Y te pondría tapas, entrantes y más de un manjar.
EN LA MESA DE LOS GRANDES AMIGOS NO FALTARÍAN
Te pondré sobre el mantel la esencia de tabernas con rostro, repletas de palabras amigas y honestidad a raudales. Tabernas que me prestó, por un día, el bueno de Josean Alija después de dormir el sueño de Nerua.
√ Os traería el BASARAS. Un chapuzón de tradición en el centro de Bilbao. Un lugar donde tomar pinchos (pintxos) es marcar tradición. Una empanadilla, una croqueta (divina) de bacalao y la siempre deliciosa anchoa rebozada. Y en sus paredes, miles de fotografías de gente con mucha alma. (Entre ellos, menuda alegría, la de Cuchita y Juan. Amigos del delantal :lol:) . (Calle Pelotas 2)
√ Os traería el XUKELA. Me dejé llevar. Como hay que hacer en Bilbao, porque así ya sabes que irás en volandas. Champiñón, foie y jamón, por un lado. Por otro, calabacín, queso y salmón. Y otro buen trago de historia, de vivencias, de tertulias. Xukela, otro sitio en el que cultivar la amistad. (Calle del Perro, 2)
√ Os traería el SALTAGORRI. Aquí te espera Ernesto (a sus brazos, compañero). No hay que dudar y pedir sus guindas, con el pan empapado en un aceite magistral y sal maldón; unas empanadillas y, para rematar, la Filipa (lechuga, anchoa, mayonesa y tabasco). No me puede gustar más.
Y a todo ello, Ernesto contando sus historias y su historia. “Vamos a abrir un txakoli de verdad”, me vino a decir: Igazio Urruzola. Una maravilla que a esas alturas sabía a milagro de viña. (También en el casco Antiguo).
√ Os traería a la TABERNA PLAZA NUEVA. Allí con Jon y Txema de Miguel Izarzugaza se puede decir que la felicidad se dispara a niveles consistentes. Era el final de la travesía y fue en la esquina de la barra del restaurante a donde se desbordó la magia. Jon nos mimó como quien mima a alguien de la familia. En el fondo, eso sentí en todo Bilbao. Y sí, allí llevaría a mis amigos a hacerles probar un sinfín de delicias: tres quesos con piña; txangurro; la chistorra con hojaldre, semillas de amapola, chocolate y frutos rojos; las croquetas maravillosas de bacalao y de tinta de calamar; sus irresistibles pimientos de Guernica con jamón y patatas; las conchas cubiertas de verduritas y pimentón; sus preciadísimas rabas…. Orgía.
Jon me contó que la próxima semana iba a entrar el bonito, que lo trabajan en escabeche según la receta de la abuela y, escuchándole, sentí la vida. Gente grande. GRACIAS!
Todo fue como un sueño que acabó derivando en todo esto de lo que te estoy hablando. Porque el día que visité Plaza Nueva, acabé entre abrazos con buena gente. Se llamaban Iñaki y Sol y esa noche se convirtieron en mis amigos de Begoña (zona de Bilbao). La demostración de que a través de una, en una mesa, en una barra, puede acontecer todo. Cosas tan geniales como hacer migas con Iñaki, Sol, Jon, Ernesto…
La mesa, siempre la mesa.
😆
EN LA MESA DE LOS GRANDES AMIGOS NO FALTARÍAN
En la mesa infinita de los grandes amigos serviría también mis últimas vivencias por Barcelona. A inicios de este agosto. Ya sé que aquello es todo un mundo pero, si te sirve, te contaré que me dejé guiar por el azar y los buenos consejos, una vez más, de buenos amigos. Primero, un lugar donde disfrutar, sin más, con nombre de novela costumbrista: Senyor Parellada. Segundo, una visita obligada con tintes de nostalgia: Café Quatre Gats, inspiración literaria. Tercero, un viejo hostal llamado Grau y al lado, un café, el Centric, donde el reloj marca las horas del buen compartir. Y a todo eso suma las Ramblas, y Gaudí, y un dragón suelto y mil ojos que te miran. Y un encuentro en un bistro con Sandra Blasco, compañera y ejemplo en esto del volar a lomos del delantal.
→SENYOR PARELLADA. Un lugar de trato exquisito en el que el ambiente es pura cortesía y la carta, un festival entre la tradición, el producto y la cocina de la honestidad. (Carrer de l’Argenteria, 37). (Lo que te cuento corresponde a dos comidas)
-Para beber. El vino que nos ofreció Marc me vino como anillo al dedo. Un Massis que me supo a poco. (En el mercado lo encuentras por 8 euros).
-Como aperitivo. Croquetas de pollo con toque de aceite de trufa, unas navajas que nos ofrecieron a la plancha, las gambas de la Barceloneta, guindillas negras y verdes… Todo tenía su punto, su encanto. Corrección absoluta.
-Como inolvidables. Huevos fritos con cortezas, patata y aceite de trufa (toma pan y moja); unos macarrones como los que hacía mamá, que están de muerte (por si vas con un chaval), un tartar de atún (siempre bien trabado) y un excepcional pulpo a la brasa.
-Para enmarcar: la fideuà negra con chipirones. En una ración sublime. Uno de esos platos que pasan directitos a mi colección de manjares del verano.
Y en medio de todo eso, conversar, hablar, conocer a Marc, uno de esos trabajadores del lugar, que se acerca a tu mesa y disfruta de verte disfrutar. Eso también es germen de amistad.
→ELS QUATRE GATS. Pura historia. De esos sitios en los que te encantaría ir a releer a Joan Brossa con los colegas mientras apuras un buen café, una copa o un plato cualquiera. Yo opté por la calle de en medio (café y gin tónic), ambos correctos. Pero lo importante allí, para mí, siempre será el espacio, su ambiente, su vida. Me enamoran los viejos cafés.
→CAFÉ CENTRIC. Un café junto al Hostal Grau, en el centro, en las Ramblas. Las bravas son de aplauso y los calamares de verdad. Deliciosas sus croquetas y rico su tartar de salmón. A partir de ello, lo que te apetezca más de su carta. ¿Un bocadillo de jamón con tomate (como dios manda) para rematar la faena?
(Y de las cosas buenas que uno se lleva de la expedición a Barcelona, reencontrarme con una amiga, Sandra Blasco (#Orden45Com), otro ejemplo de eso que llamamos buena gente. Gente con la que compartir pasiones como ésta de la Gastrosofía).
EN LA MESA DE LOS GRANDES AMIGOS NO FALTARÍA
3. UN ARROZ AL HORNO DE LA COVA
Para acabar esta cuarta crónica del verano alrededor de esta mesa apuntalada con versos de Cavafis, te propondría un arroz al horno de La Cova al que tanto amor le tengo. Te hablo de él verano tras verano. No sólo porque está tremendamente bueno y es una pura radiografía de la tradición de una tierra, sino porque representa también reencuentros y, de nuevo, amigos. (La Cova, Plaza Virgen del Rosario 9, Fontanars dels Aforins).
Un arroz al horno que sabe a gloria bendita, cocinado cerca de la tierra en la que Beles compartía su vino en el 70 A.C. y que es una antesala asegurada de grandes sobremesas. Sobremesas e estas que nunca tienen fin y por la que deambulamos juntos en busca de una misma Ítaca.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítaca qué es lo que significan
Ítaca, Cavafis
III. EL FINAL SIN FIN
Y hasta aquí llegamos.
Sólo venía a decirte que formo parte de una panda de malditos a los que nos gusta despiezar a Charles Bukowski, comer versos de Harold Pinter y llorar poemas de Benedetti (don Mario).
Formo parte de esa tribu de espías apasionados que disfrutan saboreando las cosas vitales de los días, que cantan baladas a los manjares y se beben a sorbos la vida alrededor de una mesa compartida.
Formo parte de una estirpe de locos tan frecuente que posiblemente tú formes parte de ella. Parte de esa gente que sueña con vivir siempre alrededor de la mesa, ver nacer y morir el día en ella. La vida.
Una mesa en la que dejar caer la noche, querido amigo, querido hermano, mientras cantamos versos y pescamos lunas llenas saboreando los últimos sorbos del vino de Beles.
“Juntos, en algún charquito, pescaremos lunas llenas, Y cantaremos milongas, riendo de oreja a oreja” Ferrán, Quintín Cabrera