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Jesús Trelis

Historias con Delantal

Meigas, empanadas de pulpo y chuletones XL

NOTA DEL CUENTA -CHEF:

En el último tramo de sus historias del verano, Mister Cooking da una vuelta más en su búsqueda de las esencias y viaja hasta la tierra de las Meigas. Allí se enamora de una de ellas. Quizá gracias a los hechicos que salieron de sus paseos por la Ribeira Sacra, las orillas de Carril, los jardines de Caldas… Hechizos de pulpo y almejas; quesos y carnes; vinos y panes. Hechizos.

U N A H I S T O R I A C O N H E C H I Z O

CUADERNO I: EUFORIA

Capítulo 1: Sophistiqué’, Café  de Las Horas. Capítulo 2: Bastela, La tentación de Dukala. Capítulo 3: La chica del Rausell Capítulo 4: Ópera gastronómica en NozomiCapítulo 5: HONOÕ, Fuego japonés Capítulo 6: Doña Petrona, Reina de Russafa. Capítulo 7: El Bouet, el curry del alma.  Capítulo 8: Origen Clandestino, la chicha y el  duende.

CUADERNO II: ESENCIAS

Capítulo 9:Iceland, la frontera del verano.  Capítulo 10: Un bitter para Pepe Cabrera Capítulo 11 : Meigas, empanada de pulpo y chuletones XL

Capítulo Final: Una de arroces.

—∩—

 

Querida G.

Déjame que te cuente cuán enamorado estoy tras vivir mi último amor repentino del verano. Y déjame que te vaya contando paso a paso que es lo que de ella me ha cautivado. En verdad, me he enamorado de todo lo que ella esconde. En su piel húmeda, más reseca por el verano y que muchos han intentado mancillar quemando sus verdes y destrozando su tesoro natural, he encontrado una magia contenida, una fábula continua, el espíritu de las meigas –sí, meigas- y, de nuevo, las esencias. Las esencias que dan sentido a todo. Me he enamorado de ella. O quizá, como buena bruja, ella ha hecho que me enamore de todo lo que le rodea. Hechizos. Eso que llaman hechizos.

S U P I E L H Ú M E D A

S U S C O L O R E S M Á G I C O S

SU ENCANTO HECHIZADO

No te sabría decir demasiado bien por qué, los siempre caprichosos vientos me llevaron de nuevo hacia el norte, en esa especie de remolino en el que se ha convertido esta vida repleta de subidas y bajadas, de espirales que te escupen de un lado a otro, como si fueras una simple cometa sin horizonte.

Pues bien, convertido en esa cometa, de un limpio soplo acabé entre sus brazos. Una bruja repleta de encantos que me cerró los ojos y llenó la oscuridad de los colores más intensos que te puedas imaginar.

Los dos juntos, ella meiga de esencias y verdades, y este Cooking que te escribe, recorrimos sus tierras sin presión, de manera libre, dejándose llevar. Y fue así como descubrí en esa Galicia siempre hermosa, mares que parecían esculpidos en cristal en un lugar llamado las Cíes, gaviotas que te miraban como pidiéndote que nos fuéramos a conversar, montañas amarillas capaces de hacerte volar y caminos que te llevan hasta el cielo para allí observar que no hay más horizonte que el que tú te quieras marcar.

I S L A S C Í E S L U G A R D E E M B R U J O

Ese lugar, te decía, en el que las gaviotas quieren conversar

Mi meiga gallega me enseñó montes repletos de viñas que parecían equilibristas sobre la piedra. Viñas jugándose su uva entre los vericuetos del cañón del río Sil. Me enseñó en la Ribeira Sacra, los aromas del Mencía y el poder del Godello, y me habló del mineral que impregna sus vinos, y de los inviernos crudos, de la vida entre lías que remueven nuestros sentimientos.

L A U V A E Q U I L I B R I S T A

Como dos enamorados, mi meiga querida y yo paseamos sobre el Sil desde el embarcadero de Doade hasta el monasterio de Maria Cristina. Y los dos nos colamos en las bodegas de Algueira, donde descubrimos de qué va la aventura de hacer vinos por esas tierras. Vinos que son, por encima de todo, pura esencia. Sin pasión, desde luego, esos caldos no existirían. “Esto lo odias o lo amas; o te quedas o te vas”, me dijo Fernando González, propietario de la bodega.

Trepamos con nuestros sueños por las viñas que crecen junto al Sil. Y en la casona de Tomás -otro bodeguero, en este caso casi a nivel doméstico aunque con un resultado en los caldos excepcional- viendo el río bailar a nuestros pies, tomamos unas empanadas impresionantes y un vino con uva mencia, Proencia, que aún mantengo dulce su recuerdo en mi paladar.

Las empanadas –llamémosle ya de manera universal empanadas superstar vinieron bien resguardadas desde un pueblecito llamado Sober, de un horno con mucho aroma de la localidad, La Soberana. Y fueron como un festival que alegra el alma. Una oda a la verdad –que ya te decía que es lo que estos días te va-. Había empanada de zorza, de zamburiñas (que era un gran chapuzón en el mar) y, por último, la reina de las empanadas (de las que yo he podido probar) hecha con pulpo. Ella sola valía mil doblones de oro de los de la época de la piratería. Y un tesoro de esmeraldas.

 

Días después, la meiga que cautivó mi alma, me llevó a probar muchas más. No puedo olvidar las tres que me prepararon Carmechu y José en su casa de Caldas de Reis y que cocieron en el horno de Vicente. La carne estaba de cine, la de atún –de nuevo, inmensa- y muy especial la empanada de congrio, que era como decirte que con ella, con la empanada, se puede crear cualquier plato con alma gallega.

En el horno de Vicente, me encantó ver trabajar la masa. “Ésta la estamos preparando con bacalao”,  me contaron mientras rellenaban en cadena las empanadas con los ingredientes que los clientes les llevaban.Tú llevas el producto y el horno te pone la masa y la cocción. Lo de la empanada es casi una religión. No en vano, hacer cola para recogerlas es algo más que una tradición. (Por cierto, que llegué a probar la empanada de harina de maíz, pero eso es otro cantar).

Hice cola, querida G., y me encantó. Porqué en ella escuchas hablar a la gente, descubres qué preocupados están porque no llueve, cómo maldicen con rabia a quien quema el monte y cómo recuerdan la vida cuando el cielo se tiñe de gris y ya no cesa de llorar. “Yo echo de menos los paraguas”, me dijo José. O Don José, que es como le debería llamar. El paraguas, es invento sagrado en Galicia. (En la foto, los paraguas que esperan en los bajos de la casa de José).

La Galicia que me mostró mi meiga parece construida sobre el cimiento de las tradiciones. Las esencias. Esas que llevo buscando estos días de verano. Y en casa de Carmechu y José las encontré. Entre sus kiwis, en su despensa repleta de verduras preparadas para dar muchas alegrías, sus castaños esperando que el otoño los haga estallar, los huertos luchando contra la sequía, los polluelos que un día crecerán y las gallinas que convierten con sus huevos una simple tortilla en algo más que un manjar. Esencias, te decía. Esencias de la vida.

En la cocina de Carmechu observé, sin embargo, toda Galicia entrando en ebullición, en una olla de grandes dimensiones en la que el pulpo chapoteaba, listo para volver a ser un cautivador de almas. Una olla, con pulpos. En otra, las patatas con su mismo jugo. El olor del laurel rompiendo la monotonía. Y la fiesta contenida en ese fuego sobre el que hervía la vida. El pulpo en Galicia es el rey. Y ante esto, no hay república que valga. “¡Oh su majestad!, a sus pies”, grité cuando abracé sus carnes hasta engullirlas.

Por cierto, interesante también el pulpo tocado por la brasa que te sirven en Dezaseis en Santiago de Compostela. Buen sitio para ir a comer, tocado por la tradición, sin sangrar la cartera. Yo me equivoqué con el rodaballo relleno, pero el sitio está muy bien. En la Rúa de San Pedro. (Si puedes, que te den la mesa en la planta baja).

Por cierto, espectacular la tortilla de patatas de Dezaseis. Y es que la tortilla de patatas en galicia es de otra dimensión

Los pimientos del padrón, los quesos del país, los panes –de ellos te tengo que hablar Jesús Machi-, ese marisquiño que nunca falta (aunque no estuviéramos en temporada)…. Lo probé -una bandeja pensada para turistas con sus percebes calentitos, el camarón rico y un buen buey– en la Taberna Do Carril (en Carril-Villagarcía). Un lugar sin pretensiones, donde ir a comer bien sin gastarse un pastizal, pero muy de batalla (te debo avisar). Allí me enamoré, especialmente, de sus almejas (cómo no). Con el bendito pan y estas manos que ahora escriben estas letras, me monté un festival para el paladar que no voy a poder olvidar. Benditas almejas en su salsa. Bendita fiesta.

 

A todo esto, en Vigo luce su embarcadero; en las islas Cíes, las playas más hermosas; en Cambados, sus callejas con sabor; en Caldas hay que meter las piernas en su piscinilla de aguas cálidas y sobre todo pasear junto a su río y emocionarse.

Pero ya sabes querida que Cooking, tu espía, muere por el paladar. Y quizá por eso te voy contando de mesa en mesa esas cosas que me han llegado a emocionar. Los hechizos con los que mi querida meiga me llegó a conquistar. Como esa carne de zorza que me sirvieron en el Hotel O Cruceiro, quizá pensión te debía decir pero en cualquier caso un lugar perfecto para dormir y ser feliz. Te hablaba de la zorza, en este caso tratada como un pinchito moruno, que me dio revoluciones al cuerpo. De nuevo pan y tenedor, y al ataque campeón.

La carne de Galicia tiene mucho PLUS como bien sabes. Tanto que si vas a un lugar muy peculiar a comer o cenar llamado el O Muiño en Caldas te puedes quedar petrificado cuando te saquen unos chuletones que nunca jamás podrás olvidar. Chuletones XL me ha dado por llamarles. Cinco dedos de grosor y en su punto. Carne rica, perfecta, tierna…. Un manjar carnívoro que es como el bálsamo que apacigua ese caos generalizado que es este restaurante (mejor taberna) al que hay que ir con paciencia, sabiendo que no sabes cuándo te sacarán la cerveza ni los platos ni prácticamente nada, respirando hondo y dejándote llevar. Al final, aunque vayan a la suya, el chuletón valdrá la espera. Y aquello será una hermosa experiencia en la que, si te lo tomas a las buenas, reirás. Y mucho. (Por cierto, la guarnición de patatas y pimientos rojos, de ultratumba. Ricaaaaa).

Te contaría mucho más, de lo que mi meiga y yo vivimos por Galicia. Te hablaría de Gundivos, la cerámica negra que guarda el carácter de esta tierra; de las gaviotas pirata que roban la comida en las hermosas Cíes; del Santiago tomado por peregrinos y, sobre todo, por turistas (como quien te escribe, claro). Y te hablaría del tesoro de Caldas repleto de misterios y del río que atraviesa el pueblo en el que se congela la vida, clama la melancolía, se apoderá de ti la nostalgia, se dibuja el final del día.

Te hablaría de todo ello pero… yo también sólo veo ya A T A R D E C E R E S  Y  A M A N E C E R E S.

n o s t a l g i a s

Quizá llegó el momento del volver. De aparcar los amores repentinos y sentarme a tu lado y reflexionar sobre lo vivido. Quizá, no sé… ya te diré. Quizá llegó el momento de encerrarme en el cuarto oscuro de mi casa del País de las Gastrosofías y pensar, dejar que muera en soledad el final del verano para luego volver a empezar. Quizá, ya te dije, no sé. De momento huelo a nostalgia, querida G. Nostalgias.

 

Cuentos con patatas, recetas al tutún y otras gastrosofías

Sobre el autor

Soy un contador de historias. Un cocinero de palabras que vengo a cocer pasiones, aliñar emociones y desvelarte los secretos de los magos de nuestra cocina. Bajo la piel del superagente Cooking, un espía atolondrado y afincado en el País de las Gastrosofías, te invito a subirte a este delantal para sobrevolar fábulas culinarias y descubrir que la esencia de los días se esconde en la sal de la vida.


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