Ando dando vueltas a las cosas que me van pasando y van pasando. Que ha vuelto Sergi Peris, que se han ido (por un tiempo) Juan Exojo y Cris Ibáñez y con ellos su Julio Verne, que probé un cocido montañés que me enamoró, que veo que lo de plantar al restaurante con las reservas sigue siendo habitual… y, en medio de todo ello, pensando en mis cosas. Esa obsesión por comer lo que creemos que nos va a hacer bien y perdemos la sonrisa. ¿Nos sentamos en la taberna de Mister Cooking y tomamos algunas palabras y unos calamares juntos?
Estoy aprendiendo a tomar café sin azúcar. De hecho, estoy aprendiendo también a beber menos cerveza para salvaguardar la barriga. Y estoy aprendiendo a comer menos. Y que lo que coma sea más sano. Saludable. Ya sabes, sin grasas, libre de colesterol y de esas cosas que todos dicen que son malignas. Estoy aprendiendo a renunciar a todas esas cosas que me gustan. No tengo demasiado claro para qué. Igual salgo después a la calle y me parte un rayo. Y sí, me lleva allí arriba. O quizás a allí abajo. No sé demasiado bien qué merezco: si cielos o infiernos. O un combinado. Aunque también estoy aprendiendo a dejarme los combinados. Dicen que los gin tonics y esas cosas son muy malos. También dicen que es terrible abusar de las frituras, que el pan produce gordura, que la carne roja es demasiado roja, que hay que tener ojo con algunos huevos, que el vino es bueno con moderación y que más de un sorbo es abusar.
Estoy aprendiendo todo eso para ver si quitándomelo me quedo desnudo, sin nada, vacío. Como uno más en este mundo en el que transitamos como borregos. De aquí a allá, dejándose llevar por la corriente. Dejándose llevar por lo que la sociedad impone. Esa que es la que te dice lo que hay que hacer y lo que no. Lo que es bueno o es fatal. Una locura o algo cabal. De hecho, estoy aprendiendo a escribir cosas más normales. Que no parezca que, en medio de esa abstemia generalizada de esas cosas que dicen que son tan malas, estoy perdiendo la chaveta.
Estoy aprendiendo a aparentar que soy uno más. Sí, de esos que votan a los que hay que votar, porque toca; de los que hablan de lo que se tiene que hablar, y a callar; de los que corren de aquí para allá, porque sin estrés no eres nadie. Estoy aprendiendo a ser una ameba, organismo unicelular que se mueve mediante pseudópodos. O eso dice al menos la Wikipedia, que es quien nos dice lo que hay que decir. Y escribir.
Estoy, en resumen, aprendiendo todo eso, aunque me temo que voy a fracasar. Porque veo el chocolate y no me puedo reprimir; veo un quinto y no puedo renunciar; veo una chuleta y sólo me da ganas de pecar. Veo poesía, tan denigrada, esa cosa de otros tiempos y de sensibles insoportables, y me pongo a leer. Un poema de Quevedo, unos versos de Montero, una pregunta de Wallace (Stevens, de Pennsylvania): «¿Nos encontrarán colgando de los árboles la próxima primavera?». Y entonces, me pongo azúcar en el café, me como un cocido montañés, me siento en el sofá y hago lo que quiero, pensando que, si un rayo me parte, que al menos sea tras vivir feliz. Colgando primaveras por los árboles y dando besos a quien me place.
Un cocido montañés. Cosas que pasan cuando menos te lo esperas. Te vas a comer a la carpa de la falla, a Fray J. Rodríguez, con tu condumio preparado cuando, de pronto, te sorprenden por la espalda. «A ver si algún día escribes de nuestras comidas», bromearon al tiempo que me invitaba a probar un cocido montañés –éste no es italiano– que un grupo de falleros había preparado. Y te emociona, porque estaba maravilloso. Como sólo lo hace la gente de Santander: escondiendo en su interior tradición, tiempo, autenticidad y mucho amor. No hay restaurante que lo haga. Y de remate, un prudente trago de orujo. Para que baje, aunque perviva en la memoria.
El viaje de Julio verne a Formentera. En realidad es el viaje de Juan Exojo y Cristina Ibáñez, la pareja que conducía el restaurante JulioVerne, que cierran para marcharse a trabajar a la isla de Formentera. Allí se trasladan, él (cocinero) y ella (sumiller y repostera), para emprender una nueva aventura gastronómica en Ca Pascual. «Nos vamos por tres años;es casi como un paréntesis en nuestra estancia en Valencia», contó el chef. «Estamos ilusionados, pero al tiempo nos da mucha pena porque dejamos aquí a nuestro hijo». Ese hijo es el restaurante que les dio alas. Ahora el vuelo continúa. Suerte.
El regreso de Sergi Peris. El que regresa de lleno a los fogones, con un chill out que acaba de abrir en Benidorm, es el cocinero Sergi Peris. Será, para el chef valenciano, el primero de tres proyectos. Se llama Aguacate y se centra en cocina saludable. Después, antes del verano, espera que llegue una arrocería (Terra) y un street food (Circus). Seguiremos sus pasos.
El (DES)plante de mesas. Acabamos con lo que parece una constante: no acudir a las reservas. No es difícil encontrarse, a través de las redes sociales, quejas de hosteleros porque clientes les dejan plantados. «El sainete del sábado», se lamentaba hace unos días la chef Begoña Rodrigo al vivir una de estas situaciones reiteradas. Tanto que ha abocado a que muchos sitios te hagan adelantar el pago de parte del menú para evitar los daños de esa práctica. Una costumbre para algunos que es, en realidad, una falta de respeto, no sólo a quien regenta el negocio, sino también a quien hubiese querido ocupar la mesa. Hacerlo por causas mayores se entienden; por capricho, es ofensivo.