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Jesús Trelis

Historias con Delantal

Trattoria Da Carlo: 25 años de festín napolitano

Su casa de comidas italiana cumple un cuarto de siglo en Valencia. Carlo y Adela siguen mimándola como el primer día. Sentarse en una de sus mesas se convierte en un gran banquete culinario y de emociones. Porque si algo transmite su cocina es pura pasión. En un plato con fiambres, verduras y quesos; en un cocido napolitano, en una de sus memorables pizzas de los lunes… Trattoria da Carlo

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Carlos te recibe con entusiasmo. En verdad, vive instalado en él. «¡Grandísimo!», exclama con su eterno acento italiano al verte, abrazarte y acompañarte hasta la mesa. Es un torbellino de amabilidad sincera. De los que saben que el cliente, el comensal, lo es todo. Lo sabe y se lo cree. Y así le trata. «Me quedan tres años para poder dedicarme a estar con mi nieto», exclamó, dando muestras una vez más de su cercanía, tras reencontrarnos en su trattoria. Un bajo en Manuel Candela lleno de historia, como atestiguan las fotografías que llenan sus paredes, los cuadros que hablan de su amor al arte y un sinfín de objetos que esconden vivencias y anécdotas. Esas que Carlo rescata una y otra vez reviviendo sus andanzas a pie de cocina. «Recuerdo cuando vino el maestro Zubin Mehta, con los cantantes vestidos de negro; acabaron cantando con una copa de champán». Lo narra y se emociona. Y te emociona. Porque le ves feliz. Radiante con sus pantalones y camisa blanca, su chaleco gris y sus botas de serpiente que le dan ese porte de autenticidad que tiene el napolitano que se enamoró de Valencia e hizo de su historia de amor un gran festín.

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Carlo muestra sus tomatitos italianos. “Saben a ahumado”, advierte.

Una historia de amor a tres que celebrará el próximo otoño sus bodas de plata. «Abrimos un 13 de octubre de 1993», aseguró orgulloso. El mismo orgullo que muestra Adela, su mujer. ‘La mamma’. La tercera pieza en esta idilio del que hablamos: Carlo, ella y el restaurante. Una pieza clave porque, si Carlo pone el corazón, ella derrocha alma. Esa que se filtra en cada uno de los platos. En cada mesa, en cada rincón. Cara despejada, sonrisa que le ilumina, frescura, vivaz. Adela, ataviada con su casaca y gorro morado, transmite ternura. Tanto que te acabas enamorando de ellos, de Adela y Carlo, y equipo, y su restaurante. Y, sobre todo, de sus guisos, sus quesos, sus pastas, sus tomates que saben a ahumado… Todo muy auténtico.

 

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Un gran banquete que en mi última visita me deparó, como siempre pasa en esta casa de comidas italianas, muchas historias. Unos boquerones que desgarran, un requesón salado de aúpa, un cocido tremendo y hasta unas picotas en almíbar que te llevan a susurrar: «esto es una maravilla». Pero vamos paso a paso, que es la mejor manera de disfrutar este festín napolitano. Paso a paso para que comprendas por qué Carlo y Adela lo que te hacen no es cocina, sino mimarte; no es darte de comer, sino agasajarte.
En mi caso, el romance a la italiana -me faltó Silvana Mangano guiñándome el ojo desde la ventana-, empezó con sus aceitunas en sosa, «que hay que limpiar antes con agua fría para que estén bien ricas», te advierte Carlo. Junto a ellas, un buen aceite que en este caso le acaba de regalar una amiga de la hostelería (María José Martínez y Juanjo Soria, de Lienzo) y quiso compartir. «Es de sus padres, me ha regalado una botella», confesó. Lo probé con su pan de pizza (la masa frita formando pequeños bollos) y ya me sentí como en casa. Libre. Sólo me faltó que me descalzara y que el festival culinario se acentuara.
Una croquetas de buey de mar rematadas con una salsa romescu encendieron la mecha. Le siguieron los potentes boquerones a la napolitana, con un escabeche contundente que apaciguaba el tomate natural. Un plato en el que acababas mojando pan (como es de ley). El tercer paso, su guiño más mediterráneo (y quizás más valenciano): puntillas de calamar con alcachofas de Benicarló y jamón.

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El remate de esta primera fase, la bandeja de antipasti que fue como una verbena gastronómica que desataba el entusiasmo: verduras encurtidas muy auténticas, quesos italianos de pura cepa y un embutido (mortadela con pistacho y salami con su pimienta) que entraba con tanta facilidad que te acabas sonrojando por no poder parar. Un festín, te dije. Un festín de verdad.

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Banquete napolitano que se iba a precipitar, a desbocar, cuando Carlo llegó con la sopera y anunció: «nuestro cocido de la mamma, sólo fines de semana». Y ahora que estamos en plena resurrección, permítame que le diga eso de: «gloria bendita». Porque ese plato, ese cocido, era mano de santo, reconfortable y contundente. Único en estos lares. Imposible, prácticamente, poderlo degustar en otro restaurante de Valencia. «La gente debe saber que esto pasa los sábados en una trattoria», les dije. La gente debe saber que Adela y su equipo cocinan esta sopa en la que el caldo es pura vida, con su carrillera, su tomate natural refrescando, sus espaguetis, el huevo duro rallado por encima y un poco de parmesano. Siendo hiperbólico, como de costumbre: digno de soltar una lagrimita de pura felicidad.

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«Empezamos a ofrecerlo un 15 de agosto, hará ya unos quince años. Y se ha convertido en una tradición. Me decían que estaba loco, que nadie iba a venir a comer cocido en pleno verano, pero yo les dije: ‘lo hacemos para nosotros y si alguien quiere, pues que coma’. Y ahora vienen hasta de fuera a comerlo», explicó Carlo reviviendo el momento. Entusiasmado y entusiasmando. Porque sus historias hacen más grande lo que ya de por si lo es: una cocina auténtica que firma Adela.
Auténtica de principio a fin. Porque hasta su pastelito de manzana fascina. Pero paremos, no sea que este festín de palabras se nos indigeste…

Trattoria Napoletana Da Carlo. Un lugar para recordar. Una historia para contar. 🙂 En este caso, una historia con delantal

sdr

 


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Cuentos con patatas, recetas al tutún y otras gastrosofías

Sobre el autor

Soy un contador de historias. Un cocinero de palabras que vengo a cocer pasiones, aliñar emociones y desvelarte los secretos de los magos de nuestra cocina. Bajo la piel del superagente Cooking, un espía atolondrado y afincado en el País de las Gastrosofías, te invito a subirte a este delantal para sobrevolar fábulas culinarias y descubrir que la esencia de los días se esconde en la sal de la vida.


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