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Jesús Trelis

Historias con Delantal

El Celler de la Muntanya: vino de sueños

DIARIO DE UN CHICHARRA TRAGONA

CAP1.- ARROCES DE LUJO, TACOS Y ASTRONAUTAS
CAP2.JOSEAN ALIJA, EL CAZADOR DE ALMAS
CAP3.-AZURMENDI QUE ESTÁS EN LOS CIELOS
CAP4. UN VERANO EN LA MESA
CAP5. –CA L’ANGELS, VIAJE A LA COCINA DE LA ABUELA
CAP 6 (Y ÚLTIMO).- EL CELLER DE LA MUNTANYA: VINO DE SUEÑOS

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REPORTAJE FOTOGRÁFICO: ©JESÚS TRELIS

Abrimos una de Albir. Y una de Lliure Albir. Y otra de Almoroig. Y no más porque la noche se nos cayó encima. Y al abrir cada una de esas botellas, la poderosa fuerza que se esconde en su interior, que se esconde en un vino que es tierra y es esencia, se fue apoderando de nosotros: de nuestras palabras, de nuestros pensamientos, de sesaciones que estallan libres.

 

Como si de un hechizo se tratara, esos vinos que nacen de la montaña, de la gente que esconde tras ellos sus manos, sus esfuerzos, su rostro, su alma… esos vinos que cazan aromas y los sabores de la tierra a través de una seductora parra fueron atrapándonos, liberándonos, abrazándonos alrededor de aquella mesa de mármol con pie de hierro forjado. La mesa, una vez más. Y el vino, y la tertulia, y el tiempo sin fronteras.  Era, querido amigo, un espía feliz en la ensenada del final del verano.

Los que caminan
Sobre ríos de vino
A veces flotan
‘Rincón de Haikus’ Mario Benedetti
 

 

 

Diario de una chicharra tragona

EL VINO DE LOS SUOS

 Entre miradas, complicidades, confesiones -libertades, al fin y al cabo-, fuimos labrando la tarde. Fuimos hablando del vino sin corsés, de lo que es ese proyecto con regusto a utópico pero con principios contundentes llamados Microviñas, y de la cuna que acoge el sueño, del Celler de la Muntanya. Hablamos del verdil y la malvasía, de la flor blanca y la tierra dura, de acidez y taninos, del vino sagrantino que catapultó a la Umbria y de la paradoja del Gato de Schrödinger (¿el gato está vivo o el gato está muerto? no te asustes que no te la voy a explicar). Hablamos incluso de poesía, de Dionisios, de la parra como divinidad y hasta de objetivos más prosaicos. Todo eran pensamientos e ilusiones desatadas que aún siguen flotando.

COMPARTIENDO MESA:

  •  EL IMPULSOR. “La viña es algo que va atrapándote poco a poco, la tierra te va atrapando, el vino te va atrapando… ”, fue narrando Juan Cascant. Él es en buena parte el culpable (junto a Toni Boronat) de este sueño con los pies emparrados llamado Celler de la Muntanya y, por ende del proyecto microviñas (inició su andadura en 2003). Varios días después de aquel encuentro, Cascant me confesaba que le había despertado sentimientos enterrados. Quizá aparcados. Había recuperado el cincel con el que, antes de meterse a bodeguero, utilizaba para esculpir la piedra. “El vino está en la piedra”, me vino a transmitir.

  • EL ENTUSIASTA. “El vino es una ecuación maravillosa: bebida más palabras más compañía”, reflexionó Ignasi Grau, arqueólogo, uno de los socios del proyecto Microviñas (hay unas 25 explotaciones asociadas) y amigo. El otro invitado de la mesa. Una de las personas implicadas en el proyecto por pura vocación. Romanticismo pero también principios. Días después, recorriendo con él la viña, que gestiona junto a su amigo Gonzalo y su pareja, Onya, le vi emocionado abranzando las parras, rozando con sus dedos el grano, besando a la dulce malvasía. “El vino es el final del camino”, me sentenció.

 

I . Empezamos por el final: EL VINO

Un lugar llamado Casa Alonso, construida sobre 1730 (más o menos) y que esta situada junto al palacete de los Condes de Cocentaina en Muro. Ahora, por esas cosas de Juan Cascant, batallador y soñador nato, se ha convertido en el escenario idóneo para asentar las bases de lo que es el proyecto del Celler de la Muntaña. Un proyecto que agrupa en la actualidad a cerca de 25 microviñas distribuidas por diversas poblaciones de la Vall (de Penáguila a Agres, de Alcoi o Beniarrés… y muchas más). Gente enamorada del vino que, desde su devoción más absoluta, trabajan sus viñas para después contribuir a hacer los vinos del Celler.

Pero el proyecto tiene una vocación que va mucho más allá de la meramente económica. Que también está, aunque me da que más bien muy al fondo. Tiene algo de espiritual. Tanto que Casa Alonso (ahora) y el proyecto en sí son como un ateneo, una plaza pública en la que, con el vino como pretexto, se habla de economía, de subsistencia, de artes, de poesía. “Tenemos dos instalaciones de José María Torres”, me comenta Juan. Y me las mostró, al tiempo que intentó hacerme llegar lo que en ellas se quiere contar.

Y me habló de un libro de poesía vinculada con el vino  que llegaron a editar (El Tast de la Terra), de los dos congresos que han realizado y los muchos encuentros culturales que se ha organizado allí y se celebrarán. Y de la gente ya ha pasado y pasará: Christian Felber, Carolina Punset, Joaquín Araujo, Paco Álvarez

A nuestro alrededor, la hiedra parece querer protegernos, las chicharras canturrean, los toneles de la vieja casona lucen su esplendor ante los sillares que refuerzan muros y puertas. En los bajos, los vinos desde los inicios se mantienen dormidos en botellas y un profundo olor a madre tierra se apodera de todo. Casa Alonso tiene magia. Mucha.

 

Disfrutamos el ALBIR, un blanco con personalidad pero al tiempo fino, fresco, de los que te sorprenden porque no esperas encontrar allí dentro un vino que es fiesta, aroma, conversación asegurada, guiño. Un vino de idilio tranquilo. De amigos. De muy buenos amigos. Un vino feliz. Si fuera un haikus de Benedetti yo diría que sería este:

No hay alegría
Más alegre que el prólogo
De la alegría
 

El Albir fue el prólogo. El LLIURE ALBIR fue el descubrimiento. Un vino muy personal. “Albir significa pozo, aunque también albedrío”, comentó Cascant. Y su vino es eso, algo incluso anárquico, sin etiquetas más allá de las sensaciones. Algo así como el álbum Freewheelin de Bob Dylan (anarquía), un albedrío de aromas y sabores. No lo dije yo, lo apuntó Ignasi, porque el Lliure Albir es un revoltijo de aromas y sabores maduros, un vino de atardecer para compartir entre conversaciones con cuerpo. Un gran vino. Si fuera un haiku de Benedetti, yo le pondría éste:

Para embriagarse
No hay nada como un cuerpo
 De esta cosecha

 

Y por último, el tercer vino que probé: EL ALMOROIG. Un tinto que es puro paisaje, tierra, que tiene rostro, fuerza, que impacta en el paladar, te paraliza el instante para hacerse hueco en mitad de  las palabras. Un vino que exclama. Gritos. Para los amantes de los vinos con cuerpo. Y alma.  Si le robara un cuarto Haiku a don Mario sería éste:

Las hojas secas
Son como el testamento
 De los castaños
 

 

El cielo se llenó de palabras que iluminaban Casa Alonso, como luciérnagas empeñadas en hacer de aquello una tertulia sin fin. Pero al final nos ahogó el reloj y quedaron allí otros vinos: El Celler de la Muntanya, el Paquito El Chocolatero, el Naturalmente dolç… Quizá porque los dioses quieren que volvamos a juntarnos para hablar con ellos.

 

 II . Seguimos por lo recorrido: EL CAMINO

Juan Cascant, te decía, es algo así como el bodeguero de las utopías. Ha sido quien, junto con el cofundador, Toni Boronat, y con el apoyo de un buen grupo de gente, ha hecho posible que este sueño tome forma. El vino al que se acercó con los amigos, como afición, le atrapó y su veneno le llevó a iniciar mil batallas, dejando atrás su trabajo como delineante y metiéndose de lleno en este mundo que, dicen que decía Ernest Hemingway, es “la cosa más civilizada del mundo”.

Empezó ayudando a hacer el vino a gente que tenía sus propias viñas. Después, iniciando su propio proyecto. Y después, emprendiendo esa idea comunitaria de las microviñas: juntos es posible y además con dignidad. Al preguntarle por sus vinos, responde: “Hablemos de sensaciones, más que descripciones”. Llega a decir que los suyos son francos. “A mí me gusta cuando un vino te lleva al paisaje”, confiesa. Y al tocarle la fibra sensible nos habla de su proyecto más personal, de unas viñas suyas con las que está trabajando de las que quizá, quién sabe, nazca un día un vino que se llame Juan. Juan el bodeguero, el delineante que esculpía en la piedra sueños.

 

III. Acabamos en el principio: LA TIERRA

Y acabamos por el principio. Porque en efecto, el final del camino es el vino. Pero antes está el celler. Y antes, ellos: los trabajadores de la viña, la gente que se enamora de la tierra y la mima, y cultivan en ella sus ilusiones, sacrificios personales, esfuerzos económicos y aspiraciones casi poéticas. Gente como Ignasi, Onya y Gonçalo que trabajan su microviña en la partida de El Fondo (Penáguila). Mil plantones, mil parras, uva de malvasía, que ahora empiezan  a dejar estallar sus azúcares, sus ácidos. Que ahora se disponen a ir de cabeza hacia la vendimia tras un año en la que han ido creciendo, agarrándose al sueño, trepando por el cielo. Atrapando sus vidas. Visitar su viña emociona, quizá porque en el fondo, la siento como mía.

“Tener tu vino es un aspiración hermosa. Es un vino con el que creas un vínculo. Pero un vínculo que va más allá. Es un vínculo con la tierra, y el paisaje, con cada una de las plantas”. Como quien escribe una fábula, habla emocionado de esa parra que acaricia, que mima. “Para mí es una planta alienígena, una semana está seca y la siguiente explota. Los sarmientos se enredan entre sí y crecen con identidad propia”. Este  arqueólogo, tan acostumbrado a abrazar la tierra y su pasado, a rebuscar en ella la memoria del ayer, se fusiona de nuevo con ella para contarte cómo la parra  tiene sus propios dioses, su festividad, sus rituales. “Es como una planta artificial, como un bonsái…”. Y te agarra con fuerza la mano para hacerte soñar. E insite:

“El vino es el final del camino”

 

Aquella tarde de finales de agosto, en esa mesa de mármol con sabor a pasado, los tres hicimos del vino un paseo por la vida. Porque más allá de hablar del Celler de la Muntanya -muy elogiado y muy laureado,- hablamos de sensaciones. De esas mariposas que se liberan cuando el vino desata el tarro de las esencias. Y tomando el Albir, casi en silencio, mientras ellos hablaban y escuchaban a las chicharras, saboreé aquel vino como quien se bebe a sorbos a la gente que lo ha hecho posible. A gente a la que quieres, a la que has visto crecer, a la tierra que les acoge, al esfuerzo, a sus sueños.  Dante Alighieri tenía razón: “El vino siembra poesía en los corazones”. Y hasta un Cooking, ahogado en versos, se atrevió con ello…

En los sorbos vi
Las manos, el rostro, la uva
La tierra que llenaba de sabor
Mi existencia
Los sorbos que di
Llenaron mi cabeza de pasados
De abrazos, de cantos
Y un escalofrío azuzó mi alma
Porque en ese instante descubrí
Que el vino es
El final del camino

 

 

Empezamos con las migas y acabamos con el vino

Ese mismo día, mi pequeño diario del verano empezó a desvanecerse. Se fue cerrando emocionado, tranquilo, con la satisfacción de haber reencontrado caminos. Como un vino en la copa que se va evaporando entre sorbos repletos de recuerdos, de momentos. Una crema de alcachofas, un arroz de borreta, la cassola de La Cova, Nerua, Azurmendi, La Llorona, un paseo con un velero, unos fideos negros, un herbero de Rafa i Ana, unas brochetas maceradas con salsa de cacahuete, las guindas de Ernesto, la mesa de mármol, mi chica, mis niñas, un sol rompiendo el mar y el mar convertido en un espejo sobre el que naufragan los recuerdos del pasado. Y en mitad de todo ello, mi escudo de armas que me acompaña desde antaño y que me dice, querido Cooking, siempre hay que ir acompañado. Un único rayo.

“Hemos hecho migas”, recordé viendo morir al penúltimo sol del verano. Mi frase preferida desde que me la dijeron en un tren que aún sigue transitando. Quizá porque esas migas son las que nos alimentan. Las migas son el inicio. El vino espera al final. Hemos hecho migas, amigo. Ya ves, las cosas del comer, siempre están por medio. Historias con Delantal.


 

 

Cuentos con patatas, recetas al tutún y otras gastrosofías

Sobre el autor

Soy un contador de historias. Un cocinero de palabras que vengo a cocer pasiones, aliñar emociones y desvelarte los secretos de los magos de nuestra cocina. Bajo la piel del superagente Cooking, un espía atolondrado y afincado en el País de las Gastrosofías, te invito a subirte a este delantal para sobrevolar fábulas culinarias y descubrir que la esencia de los días se esconde en la sal de la vida.


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