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Jesús Trelis

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Jordi Roca, el pastelero que jugaba con dinosaurios

Llevaba tiempo queriendo hacer esto. Meses. Quizás años. Tenía ganas de escribir sobre él. Aunque no tenía prisa. Mientras las manos pululen y la cabeza carbure, seguirán fluyendo las palabras. Y con palabras, hay relato. Y con un relato, todo es posible. Hasta lo imposible. Él lo sabe bien. 

Un sorbo de libro viejo. Una dulce dentellada al bosque. Una tarta con pantalones de campana. Verdes. Naranjas. Un volcán de nieve. Y abracadabra.

 Blanco. Jordi Roca. Celler Can Roca


Girona, 1978.


I. Pensé en preparar mi relato de forma minuciosa. Una historia imposible como si fuera un cuadro de Escher. O un postre de los suyos. Rumié en hacer de Michael Ende y viajar a las entrañas de la fantasía. Esa que da vida a todo: a esta historia, al pastelero con chistera que se convirtió en hechicero, a un laberinto de azúcares y destilados… fresas y rosas. Murmuré todo eso y lo imaginé de pequeño jugando con dinosaurios cuando empezó a cuajar el pastelero.

“El hijo (…) había soñado con tener alas. Durante muchos años las había ido creando como un trabajo soñado, en largas horas, pluma a pluma, músculo a musculo, huesecillo a huesecillo…”

(‘El espejo en el espejo. Un laberinto. Michael Ende).

Jordi Roca, quizás sin darse él cuenta, también ha creado, paso a paso, unas alas con las que hacer volar sus creaciones. Y que sus creaciones fueran, más que meros dulces al final del banquete, un divertimiento absoluto, una fábula con mouse, un cuento garrapiñado.

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Pensé en preparar mi relato de forma minuciosa, te decía. Escribir algo especial si la inspiración me ayudaba. Sin embargo, al final ha sido el instinto y la necesidad quienes han movido los dedos. Y el pensamiento. Ellos han hecho que mi historia del pastelero con chistera estallara rodeada de Anarkía, como su postre emblemático. Una lluvia fina de ideas, de sensaciones, de sentimientos que despertaron en cada una de sus creaciones, platos, provocaciones… Postres (finales de fiesta) que he probado en los tres años -siempre seré un novato- en los que he tenido la fortuna de ir al Celler. Tres afortunados años.

Pensé en preparar mi relato de forma minuciosa, pero al final me siento sin red ante esta blonda blanca que es la pantalla del ordenador. Sobre ella me precipito a escribir la historia que nadie le contó sobre los dulces estallidos de Jordi. La historia que nadie le contó ni a usted, ni a él; y que, sin duda, si llega a leerla le turbará. Quizás ya saturado de tanta…  ¿memez?

Pero me pasa como a Michael Houellebecq en este verso de su conmovedor poemario ‘Configuración de la última orilla’:

“Yo no he sido nunca lúcido del todo”


II. Dice el escritor francés en ese mismo poema que la fascinación “es una segunda vida”. Esa fascinación ha resucitado cada vez que, después de un inclasificable -estratosférico, quizás- banquete en el Celler llegaban sus postres poniendo la bandera en la cima. Era como pisar la luna tras un viaje sideral. Una luna llena de fascinación…

“Hay en la luna, junto a un poderoso continente, una pequeña isla (…)”.

De ‘Una Isla en la Luna de William Blake.

Los postres del pastelero con chistera tienen Cara B. Él lo sabe, of course. Aunque se limite a bautizarlos como ‘Viaje a la Habana’, ‘Gol de Messi’, ‘Anarkia’… Dulces y famas de la mano. O cronopios. Como los de Julio Cortázar.

“Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por casa, entre alegres gritos…”

Muchas creaciones de Jordi Roca me suenan a ello: a algarabía de recuerdos, a momentos dulcificados que son viajes a nuestro pasado, a homenajes e instantes entrañables. A veces mágicos. Un helado oscuro (The Force be with you) que te hace revivir aquella guerra entre galaxias; una manzana caramelizada, que te hace zambullirte en los días de feria y fiesta…. O esa maravillosa, deliciosa y estremecedora, tarta al whisky que es una fotografía de días de playa, de nuestros padres vestidos de Lennon, de rodilleras y de jugar a canicas pro el suelo, de chapuzón de agosto, de fiesta familiar, cumpleaños y jolgorio. Una tarta con pantalones de campana. Como la suya. (Acompañada, con whisky a la tarta… que el humor forma parte del todo en la historia de este pastelero y de los suyos).

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Sí, como decía Cortazar… recuerdos sueltos por casa, entre alegres gritos…

Un sorbo de libro viejo. Una dulce dentellada al bosque. Una tarta con pantalones de campana. Verdes. Naranjas. Un volcán de nieve. Abracadabra.


III. En los postres de Roca he visto cosas que nunca conté. Una bola blanca, que al romper, al estallar, dejaba fluir una estremecedora magia, una belleza extraordinaria, una estética descontrolada digna de una performance. Un bellísimo volcán de nieve que inunda todo de blancos y plata. La luna, el mar de espuma, la lluvia de flores que parecen haberse escapado de un jardín de Monet.

Al rompe la esfera, sentí la imaginación desbocada que emana de este tipo capaz de convertir sus helados en hermosas cucañas, sobres sorpresa, seductoras propuestas… Esferas capaces de esconder en su interior desde la esencia de la primavera a la ternura de la belleza. La Venus de Botticelli entre violetas y siemprevivas.

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Un tipo -pastelero y creador, prestidigitador de almíbares- que es es capaz de convertir su nariz en helado para ser devorada entre fresas, azúcar y agua de rosas… Una helado de narices en el que compara la suya -casi marca de la casa- con la de Rossy de Palma, la bruja del Oeste o Cyrano de Bergerac.

“Una gran nariz podría ser una indicación de una gran alma”.

(Cyrano de Bergerac)

Tenía razón el poeta y pensador francés. Una gran alma se esconde detrás de este trío de narices que tienen los Roca. Basta con visitar su casa para saber que uno se siente abrazado sólo con cruzar el umbral. Y el paladar, afortunado. Tanto que siempre he intentado transmitir cómo, esas alas que todos nos cosemos en la vida, a mí se me despliegan cuando voy allí. Y no sólo por lo que sucede en la mesa del Celler, sino por lo que hay alrededor de ella. Y más allá de ella. La historia de esa casa familiar. De ese matrimonio que abrió un bar de carretera para poder vivir y acabó sembrando la semilla de la coherencia (con Joan), de la constancia (con Josep) y de la magia (con Jordi). Y los cinco -ellos tres y sus padres – acabaron sembrando un ejemplo a seguir, un espejo en el que mirarnos. Humildad, sacrificio y generosidad. Y alegría para saber procesar la travesía. Tres rocas. O cinco.

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Nadie lo expresó mejor que  Gloria Fuertes, en uno de sus poemas con guinda. Como los pasteles.

“Nuestro cuerpo no es más que el palacio,

La casa  o la chabola donde reside lo importante.

Lo importante es el habitante,

-nuestro espíritu

Nuestra mente

Nuestro talante-.”

De “El libro de Gloria Fuertes’. Editorial Blakie Books’

 

Un sorbo de libro viejo. Una dulce dentellada al bosque. Una tarta con pantalones de campana. Verdes. Naranjas. Un volcán de nieve. Y abracadabra.


IV. Javi Antoja le describió en esa contundente ‘Anarkía’ de Montagud Editores, como “el sombrerero loco de la pastelería”. Ese que rompió la estricta disciplina de la repostería para crear un mundo al revés. Dulces a través de los que llevarte de paseo por su ciudad (su skyline) con las flores brotando a sus pies; de mostrarte el cul de la lleona, que quien visita Girona, lo toca; de adentrarte en sus bosques, en los verdes y su humedad. Darle una dentellada a un árbol destilado.

 

Jordi es capaz de meterte dentro de él, del árbol, y llenarlo, como Alfanhuí, de hojas de colores. Porque, en el fondo, es como el personaje del maravilloso libro de Sánchez Ferlosio. Ese que sentado frente a la chimenea escuchaba…

Hablaba el fuego con sus dientes antiguos; componía espigas y las desgranaba. Cada espiga una historia, cada historia una sonrisa”.

(De ‘Industrias y Andanzas de Alfanhuí’)

Sus postres son como el fuego de la chimenea de Ferlosio, que te relata sus historias. Divertidas, irónicas, emocionantes, seductoras, provocadoras… Algunas tan trepidantes como la del viejo libro de Marcel Proust, que se convirtió en un dulce sueño. Un imposible posible.

Imposibles que dejan de serlo, cuando se logra un destilado de libro viejo y a partir de él se crea una obra maestra… que quizás aún no hemos vitoreado los suficiente. O sí, pero no me canso de hacerlo…

 

‘El camino de Swann’: «en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí…»


V. No es un cocinero del dulce, un simple alquimista de pasteles. Es más. Y lo es porque te deja tatuada su historia, sus relatos, sus creaciones. Como Freddie Mercury te deja su voz;  Salvador Dalí ,sus elefantes jirafa caminando por tu costado; Miquel Barceló, monos de barro, o Marcel Proust, un trozo de bollo gritando recuerdos. Es, como relata Antoja, el detonante de un cambio:

“La chispa de la revolución dulce empezó de la manera más inesperada. Fue con un joven de 19 años que iniciaba su andadura entre fogones junto a sus hermanos”.

 

Fue la chispa de la revolución dulce. La guillotina al postre sin vida. El que puso a las guindas a bailar claqué. Quien lleno de nata la sátira y el helado de ironía. Un poco de Gloria Fuertes y una cucharilla de Sabina. Electrónico y, a la vez, relámpago. Trapecista entre quimeras. Pastelero con chistera. El que juega con dinosaurios.

Un sorbo de libro viejo. Una dulce dentellada al bosque. Una tarta con pantalones de campana. Verdes. Naranjas. Un volcán de nieve. Y abracadabra.

 


#GrandesAlquimistas

  1. Jordi Roca. O el pastelero que jugaba con dinosaurios.

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Sobre el autor

Soy un contador de historias. Un cocinero de palabras que vengo a cocer pasiones, aliñar emociones y desvelarte los secretos de los magos de nuestra cocina. Bajo la piel del superagente Cooking, un espía atolondrado y afincado en el País de las Gastrosofías, te invito a subirte a este delantal para sobrevolar fábulas culinarias y descubrir que la esencia de los días se esconde en la sal de la vida.


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