Esa noche estaba con la melancolía subida. Es lo que pasa cuando uno empieza a ver lucecitas por todas partes y los pastorcillos te taladrean el cerebro. Me acerqué a mi alacena, cogí una botella de Gosset Grand Reserve (las tengo para los grandes momentos, los momentos tontos), me coloqué mi bufanda de superagente Cooking (más larga que el Mississippi), abrí la ventana del comedor y emprendí viaje a las estrellas en busca de mi chica. De mi diosa de la Gastronomía. Pero silencio, lo que te voy a contar a partir de ahora es cosa nuestra.
Trepé por la escalera hasta su nube particular. Un lugar que sabe a manzanas asadas y huele a strudel acabado de cocer. Cosas de divas. Ella estaba allí, con su aureola particular. Me recibió con una hermosa sonrisa navideña. “Vengo a verte porque ando tontorrón”, le confesé. Me volvió a sonreír. Sacó unas copas relucientes de champán (“¡oh la la!”) y nos sentamos en su coqueta mesa de mármol con vistas a la luna. Bajo el crepitar de las estrellas, empecé a contarle el por qué de mis morriñas. “Me han dicho que los Tres Magos de la Gastronomía no existen, que eso es una invención del Planeta Tierra. Y además que yo ni soy espía, ni superagente, ni nada de eso; que soy un periodista a un ordenador pegado y poco más”, le sollocé. Mi diosa pasó su cálida mano por mi rostro. “Pero Cooking, ¿quién te ha dicho eso?“, me preguntó con su habitual sensualidad. (Siempre hace sentirme que estoy con Audrey Hepburn de paseo por el cielo de Nueva York. Un menú Audrey en El Poblet, por favor).
Empezó a recordarme todos los restaurantes que había visitado y a los cocineros y cocineras que había conocido en este último año. “Eso sólo es posible si interceden los Magos”, me susurró. “Abre los ojos. Si hablas con ellos desde el corazón, harán realidad tus fantasías“. Y abrió la botella de Gosset, llenamos las copas, brindamos y me dijo: “Sueña”
Di rienda suelta a mis recuerdos y de inmediato me vi flotando por el restaurante de Ricard Camarena, alcanzando el éxtasis ante su ostra con salsa de galanga, llorando de emoción con las gambas rojas con caldo de tomates confitados, bailando claqué sobre su mesa de roble tras probar su arroz con vaca y durmiendo el sueño de los imposibles junto a su caballa lacada “Es, sin duda, mi cocinero del año“, le confesé a mi diosa, a mi Audrey Diosa Gastro. Y le conté que ese año le di un premio (Valenciano para el Siglo XXI/ Las Provincias), que me regaló su discurso, que me contó secretos de su cocina, que levité aprendiendo de él, que me encató revivir de su mano el Viaje del Trompetista.
Miré al cielo y, con todas mis fuerzas, grité a los Magos: “Para el próximo año os pido que le den su segunda estrella Michelin”. No es un capricho. Es hacer justicia. Camarena merece, al menos, dos estrellas Michelin, vuelta al ruedo y salir en hombros :-))))
Recuerda: Ricard Camarena: Un roble en la Cocina
Sentí entonces un pequeño retortijón en mi estómago, que ahuyenté con un nuevo sorbo de champán. Era un apretujón estomacal lleno de rabia. “Mi gran pena este año ha sido no poder ir a visitar el templo culinario de mi tierra; ir hasta la luna en la que Quique Dacosta montó su cocina para 2013 y morir de placer probando sus platos”, le confesé. Ella sonrió y me dijo: “Hay que ir paso a paso. ¡Pero tú pide!”. Y sí, me solté. Le dije que en 2014 visitaría el Dacosta de Dénia y que la Historia con Delantal que escribiría iba a hacer temblar los cimientos del globo terráqueo.
Y me pregunté: “¿Cuál será su ‘leitmotive’ para 2014?¿Tendrá el maestro sopa de cocodrilo en el menú, como la que sirve a sus peques? ¿Será #dreamsmediterrànea?”. Su cocina es un sueño del Mare Nostrum, un juego de sirenas, agua de mar. Una volcan rojo. Rojo gamba.
El sueño secreto de Quique Dacosta
Le confesé a mi Diosa que probé las gambas de Quique Dacosta en mi visita a El Poblet. Y recordé que una de las grandes alegrías de este año gastronómico ha sido la estrella Michelin que les han concedido. Pero especialmente me alegré por la pasión que siento por sus jefes de cocina y postres: Germán Carrizo y Carito Lourenço. Creo que lo saben. Soy de muy poco disimular…
“Son buena gente“, le dije a mi Diosa y le conté que el día después de concederles la estrella Michelin volé hasta Vuelve Carolina y me metí de lleno en su nueva carta. Disfruté de aquellos platos más que un bucanero con una botella de ron. “Aquel pisto con tomate es cosa de los dioses, querida Audrey“, le confesé. Y entonces miré al firmamento y empecé a exclamar a los Magos que este año quería más Vuelve Carolina. Me pido una cena sin reloj saboreando los platos con los que ahora sueña Germán; y quiero que recitemos tangos de Astor Piazzolla mientras degustamos los postres de Carito y que, al amanecer, cantemos juntos milongas. Como en el poema de Quintín Cabrera. “Juntos en algún charquito, pescaremos lunas llenas y cantaremos milongas, riendo de oreja a oreja”.
Ha sido un gran año para ellos: El extraordinario caso de Germán y Carito
Recordé que los dos me recomendaron el restaurante de Begoña Rodrigo cuando les entrevisté. La chef valenciana a la que el año que ahora se desliza le ha puesto en el pódium que se merecía. “En 2014, cuando la efervescencia de Top Chef se serene, quiero ir a ver cómo su anarquía de arroz se ha convertido en un arroz con estrella“, le dije a mi Audrey apurando mi copa.
Y hablamos de ella, de que es un remolino de vida que entrega a la cocina con pasión, de que igual te coloca en un tendedero que te hace estallar como un volcán con el sabor intenso de su cochinillo. Bego es una tempestad de ideas y sabores que se cuece a baja temperatura. ¡Cómo recuerdo este plato! Y su arroz….
Begoña Rodrigo, mucho más que una Top Chef
Metido en arroces, me acordé de su colega –ahora también mía- Belén Mira. Sin duda, uno de los momentos del año en los que más me he emocionado ha sido con mi primera vertical de arroces en La Pitanza. Diez platos, diez, cada uno con su magia.
Aquel arroz con cocochas al pil pil era cosa de brujería. (Bueno y de su mami). Y el arroz de huevo y sardinas, pura alquimia. A mí es que la constancia, el trabajo y la pasión de Belén me fascina. “El próximo año quiero crear con ella el arroz de SuperCooking&LaPitanza ¿Con pulpo a la pericana?”, le pedí a los Magos.
La Pitanza, la ruta de los diez arroces
Y empecé a levitar entre tanto recuerdo por las estrellas mientras la Diosa me miraba desde su nube. El año que viene tengo que volver a L’Escaleta, para instaurar definitivamente mi cita anual con el restaurante de mis orígenes y de mi alma. Pero en esta ocasión quiero estar en la mesa cero para ver en directo a Kiko Moya y pedirle una ración doble de esas cocochas al pil pil y presa con ceniza de cebolla y sí, no lo podré evitar, un arroz de los suyos.
L’Escaleta: Delirio gastronómico en la montaña
Y además, si los Magos me lo permiten, me gustaría un día colarme en los encuentros que suelen tener algún que otro domingo el gran Alberto Redrado –el sumilier y sabio de L’Escaleta- y David Rabasa –sumilier y sabio del Ricard Camarena- y quedarme de priedra escuchándoles hablar de vinos. Bueno, y comiendo cositas como éstas mientras tanto… ¿Te vienes Naiara? Perdón, Campanilla… (Es mi maestra en asuntos de Baco).
“Un poco más de Gosset”, me dijo mi Diosa. A esas alturas ya flotaba por la Vía Láctea. Pensaba que en 2014 quiero volar hasta Ramiro (Valladolid) y visitar a ese genio de Rubén Valbuena que, con los suyos, hace los mejores quesos del mundo. Me gusta decirlo así: los mejores del mundo. Porque al margen de la leche cruda de oveja con los que los elaboran, llevan una buena dosis de pasión y de devoción, de historia y de honestidad. Quiero ir hasta la Granja de Cantagrullas para comer un madurado como Dios manda, mientras escucho balar las ovejas al fondo. Y de paso iría a visitar al señor de las Conversaciones Heladas, a Fernando Sáenz, el mejor heladero del mundo (ja, ja, ja… no me corto en piropos, será la Navidad), a ver qué tal está ese helado suyo a la sombra de una higuera…. El mejor helado y el mejor queso, juntos puede ser delirio total.
El misterio de los quesos Cantagrullas
Quiero ir a pasar una noche en el horno del mago Jesús Machí , que me enseñó a apreciar el buen pan y a uno de los trabajos más admirables que pueda existir: el del hornero. Y quiero ir a Cocentaina a visitar el obrador de José Montejano, que dicen que hace los mejores cruasanes de todo el Reino. Y me gustaría volver a jalarme unas torrijas de horchata de Quique Barella, después de disfrutar de su menú al completo, mientras converso con él del devenir de nuestra gastronomía. Y tengo que ir a comerme un tartar en Askua, disfrutar viendo a Ricardo Gadea por la sala y aprender de lo que es un ejemplo de pasión por la gastronomía. Y escucharle hablar de sus anchoas y de sus carnes y de su historia… E ir a la inauguración del nuevo proyecto de Vicente Patiño y colarme hasta la cocina. “Os pido que le llenéis de éxito“, rogé a los Magos. “Y sí, también quiero ir a Diverxo. Como todos. A Diverxo le hace falta una de mis historias aunque David Muñoz no lo sabe“, me dije en voz alta. Me sonrojé y respiré hondo. Derrotado de tantos sueños. De tantas ilusiones.
Jesús Machí, el rey del Buen Pan
Askua, una chistera en la cocina
Del menú más monstruoso a la cocina de Quique Barella
Además, me pido un reservado en la barra del Rausell para quedar con mis amigos del ya decapitado programa Dossiers y tomar allí unas navajas, y unas bravas, y todo lo que Miguel y José Rausell nos quieran servir. Y de paso, escribir una Historia con Delantal como los dioses mandan de una de las barras que más me cautivan en Valencia. La de la familia Rausell. Es que en Rausell siempre parece Navidad :-).
“Me ahogo en los recuerdos querida Audrey“, grité. “Vuelve ya“, me inquirió ella. “Creo que estás delirando“, aseguró. Flotando de estrella entre estrella, hablando con los Tres Magos de la Gastronomía (Pasión, Honestidad y Profesionalidad), me elevé casi hasta la Luna. Sentí entonces una fuerte brisa sobre mi rostro. Como si el mar se hubiese apoderado del Universo. Como si el firmamento fuera en verdad un océano sin olas. Me sentí a bordo del buque de Aponiente. “Ir a visitar al capitán Nemo de nuestra cocina no es sólo un sueño, empieza a ser una necesidad”, le dije a la mismísima Luna. Y le expliqué que Ángel León –que debe andar ahora con su resaca televisiva- es “el hombre atún, el rey de las caballas, un pez que quiso ser hombre para reinar en la Tierra como el hijo de Neptuno“.
Chef de Mar, Navilus y los pulpitos
Ángel es un submarino en la cocina.
De pronto, una estrella fugaz se precipitó sobre mí y me empujó hasta la Tierra. Desperté en mi habitación sobresaltado. Al ver por la cocina los restos de las botellas de champán comprendí que la cosa se me había ido de las manos. “La Navidad tiene esto“, me dije. Mirándome al espejo, pensé que estaba volviéndome un poco estupidito con tanta estrellita y otras bobadas de las mías. Me di cuenta entonces de que nunca debía perder el horizonte. Que nunca debía olvidarme que de verdad la mejor cocina del mundo es aquella que se hace de corazón sin más pretensiones que hacer feliz a alguien. “Si pierdo la perspectiva, vale más la pena olvidarme de todo esto“, me dije.
Aquella mañana me fui a la puerta de Casa Caridad, me senté en un banco frente a ella y empecé a verlos entrar. Uno a uno. Recordé el día que me colé en su cocina. Pensé en Toni, Nelly, Dalgy, Enrique, Guadalupe, Merche… Pensé que aquello sí que estaba lleno de estrellas. Estrellas que dan brillo a la solidaridad. Pedí que no les abandonaran nunca. A ellos y a todos los que hacen acciones como la suya.
El milagroso menú de Casa Caridad
Miré al cielo y grité a los Magos: “Olvidaros de mis deseos“. Y entonces, la canción de Macaco con los niños de San Juan de Dios conquistó de nuevo mi corazón y me dije que cosas como éstas son las que siempre debo tener en mi cabeza cuando escribo mis historias. Y no sé si solté una lagrimita… O dos. POR SI ALGUIEN NO LO HA VISTO TODAVÍA, esto es IMPRESCINDIBLE para acabar:
Y con este arbolazo….
…. se acabó. Que no le falte un plato a nadie. Todavía menos en Navidad. Gracias a todos, de verdad, por hacer posible los sueños vividos y los que vendrán. Y perdón si me olvido de algunos que me han acompañado en estas historias a lo largo del año. Aquí os dejo un árbol repleto de buena gente y buen paladar. Y os dejo mis sueños. Y mis mejores deseos. Besazos!